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Los silencios de la guerra

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01.04.2025

Natalia Khokhlyuk no habla, pero parece entenderse con su único hijo. La guerra es así: la intimidad reside en el silencio. A paso lento, Natalia se acerca a él, inclina su cuerpo hacia adelante y cierra los ojos al besar el mármol. Acaricia cada una de las letras que componen el nombre grabado en la lápida: Sergey Sergeevich Khokhlyuk, alias el Grito, por su voz de sargento en el campo de batalla.

Es 24 de febrero de 2025 y nadie grita en el cementerio de Lisove, a unos veinte minutos del centro de Kiev, al otro lado del Dniéper, aquel río que atraviesa antiguos bloques soviéticos y hoy nace en territorio enemigo. Natalia, de 65 años, no es la única que ha despertado temprano esta mañana, cientos de otras madres, hijos, abuelos, tías, primos prenden velas, limpian la nieve sobre las tumbas y las adornan con rosas y girasoles que honran a los soldados caídos. Ucrania no solo necesita más armas, sino más espacio en el cementerio.

–Hubiera vuelto en abril de 2022 –dice Natalia, sin dejarse vencer por el llanto, las manos le tiemblan sobre sus labios.

El hubiera evoca dos fechas. La primera condensa la historia reciente de Ucrania, el inicio de la invasión rusa a gran escala el 24 de febrero de 2022. El gobierno prohibió salir del país a hombres entre los dieciocho y los sesenta años, la televisión nacional instruyó sobre cómo armar cocteles molotov a la población civil, más de cinco millones de mujeres y niños escaparon a Polonia o adonde fuera posible, o adonde fueran bienvenidos. En la línea de defensa, soldados como Sergey resistían la embestida rusa en vano.

Las tropas del Kremlin acorralaron ciudades como Odesa, en las costas del mar Negro, Mariúpol, el puerto principal, y se dirigieron hacia la capital. Los múltiples ataques eran parte de una estrategia ofensiva a la que Sergey no se había enfrentado antes. Las Fuerzas Armadas ucranianas y Sergey luchaban contra el avance ruso en la región de Donetsk, a 600 kilómetros al este de Kiev, desde la ocupación de Crimea en 2014. Era habitual que Sergey le avisara a su madre de cuándo volvería a casa. Faltaban dos meses para su encuentro cuando la guerra cambió el orden de sus vidas: Sergey obedeció el llamado del que se convertiría en el mayor conflicto bélico en Europa desde la Segunda Guerra Mundial.

La fecha que aún trastorna la paz de Natalia es el 1 de julio de 2022. Sergey murió a los 35 años, cuatro meses después de perpetrada la agresión rusa. De una bolsa plástica, Natalia saca los tradicionales vareniki rellenos de carne y dulces en envolturas de colores. Coloca la comida cerca de la lápida y se sienta en una banqueta, a un lado de la tumba de su hijo.

No hace falta traducir el silencio.

Al cabo de un cuarto de hora, Natalia se pone de pie. Es hora de despedirse de Sergey.

–Vivíamos bien, no queríamos que vinieran a liberarnos… ¿y ahora quieren nuestros minerales para poner fin a la guerra?

Al otro lado del Dniéper, a primera hora del día, la policía cierra las calles principales del centro histórico, el tráfico se acumula. Varios líderes extranjeros llegan a Kiev para reafirmar su apoyo a Ucrania en el marco del tercer aniversario de la agresión rusa. Desde el interior de sus autos, los ucranianos miran las ventanas empañarse. Es la distancia entre quienes negocian a puertas cerradas el futuro de un país y quienes esperan el fin de la guerra con la cruz a cuestas.

–Ucrania es Europa y en la lucha por la sobrevivencia no solo está en juego el destino de Ucrania, sino también el de Europa –dijo Ursula von der Leyen, presidenta de la Comisión Europea, en vísperas de la cumbre internacional.

Aunque colmado de optimismo, el mensaje esconde la brecha de la alianza occidental agravada por una llamada telefónica entre Donald Trump y Vladímir Putin. No preocupa tanto el qué se dijo durante los noventa minutos, sino la ausencia deliberada del presidente ucraniano Volodímir Zelenski y Europa, me diría días más tarde Maykl.

Protejo su nombre real porque su familia aún vive en territorio ocupado por Rusia. Fue soldado y como muchos jóvenes de su edad no quiere volver al frente de batalla, aunque es muy probable que suceda: las fuerzas ucranianas pierden hombres, como Sergey, a medida que son rezagadas por escuadras rusas en algunas zonas del este. Maykl nos recibe a mí y a un par de colegas en un apartamento cerca del Monasterio de San Miguel de las Cúpulas Doradas, en el centro histórico de Kiev, la noche del 28 de febrero. A la misma hora, Washington amanece a la espera de la reunión entre Zelenski y Trump en la Casa Blanca.

Apenas cabemos cinco personas en la cocina. Maykl y su novia ordenan meticulosamente los platos sobre la mesa: holubtsi, rollos de hojas de col cocidas rellenas de carne, y vinegret, esa ensalada de betabel, papa, zanahoria y cebolla de regusto fresco en el paladar. Antes de empezar la cena, Maykl abre la primera botella de vodka de la noche. El alcohol rebasa los bordes de las copas de cristal.

Es Maykl quien domina el hilo de la conversación en un inglés sin miedo a la grandilocuencia. Cualquier pregunta es una oportunidad, una cátedra de índole histórica, su verdadera vocación. La guerra no empezó en 2022, aclara, sino en 2014, cuando la decisión del presidente prorruso Víktor Yanukóvich de suspender el acuerdo entre Ucrania y la Unión Europea desencadenó una serie de protestas, a dos cuadras de aquí, en la Plaza de la Independencia, que precipitó su huida.

En respuesta al movimiento popular proeuropeo, Rusia ocupó Crimea. Maykl no menciona que ha pasado una década desde el refrendo de una nueva norma en las calles: es más común ver hombres jóvenes vestidos con el uniforme militar camino a la guerra que a quienes como él llevan puesto un atuendo casual en casa: pantalones tejanos y camiseta de botones desabrochados a la altura del pecho. Si es reclutado de nuevo, Maykl será lo que ya fue y teme nunca dejar de ser, un soldado joven que defiende la libertad de su patria y un........

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