Los celulares y la pérdida de un mundo común
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Durante años, uno de los principales desafíos de nuestras sociedades era conectar a más personas. Lo conseguimos. Nunca se habían intercambiado tantos mensajes, compartido tantas fotografías o participado en tantas conversaciones. Nunca habíamos tenido tantas herramientas para comunicarnos con personas en cualquier parte del mundo. Sin embargo, varias democracias liberales han comenzado a preguntarse si algo importante se está perdiendo en medio de esa hiperconexión.
La señal más visible ha sido la creciente preocupación por los adolescentes.
Australia aprobó hace poco restricciones al acceso de redes sociales para menores de 16 años. Francia fortaleció las limitaciones al uso de teléfonos inteligentes en las escuelas. Finlandia amplió las facultades de los centros educativos para regular dispositivos digitales durante la jornada escolar. Reino Unido abrió una discusión semejante. Las medidas son distintas –como lo son sus tradiciones políticas, sistemas educativos y contextos culturales–, pero todas parecen partir de una inquietud común.
La explicación más conocida apunta hacia la salud mental. Durante más de una década se acumularon evidencias sobre el incremento de ansiedad, depresión, autolesiones y sentimientos de soledad entre adolescentes. Jonathan Haidt reunió buena parte de estos hallazgos en su libro The anxious generation (2024) y contribuyó a instalar una preocupación que hoy atraviesa a buena parte del mundo desarrollado.
Si el problema hubiera sido exclusivamente psicológico, las respuestas principales habrían surgido desde hospitales, terapeutas o sistemas de salud. No ocurrió así.
Conforme avanzó la discusión, aparecieron nuevas señales de alerta. La prueba PISA 2022 registró la mayor caída en matemáticas desde el inicio de la evaluación internacional: quince puntos menos en promedio para los países de la OCDE respecto........
