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Dios, la piedra en el zapato

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22.05.2026

Sobre Dios. Pensar con Simone Weil

Barcelona, 2025, 144 pp.

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Desde el siglo XIX, las tendencias más influyentes del pensamiento, el arte y la literatura se mueven de modo predominante en los terrenos del secularismo y el ateísmo, a pesar de que Dios como tema nunca se ha ido. Una vez cuestionadas las religiones como dispositivos de poder, queda el espinoso asunto de Dios, irreductible a los templos, los dogmas y las supersticiones. Dios es una piedra en el zapato. Sobre Dios. Pensar con Simone Weil (Paidós, 2025), de Byung-Chul Han, trata sobre esta piedra incómoda, persistente, filosa, que no se puede eliminar.

Según Han, Dios y la religión se han convertido en un imposible para los hombres y mujeres de esta época, incapaces de entender y vivir los principios claves de la divinidad en nosotros: “atención”, “decreación”, “vacío”, “silencio”, “belleza”, “dolor”, “inactividad”. Su sola enunciación plantea que el libro funciona a contracorriente de los valores sociales actuales. El autor dialoga con el pensamiento de la filósofa comunista y católica de origen judío Simone Weill (1909-1943), una personalidad singular que no solo escribió y fue profesora, sino que también trabajó como obrera, participó en la Guerra Civil española del lado republicano y murió de tuberculosis, negada a comer lo suficiente porque quería pasar por las mismas restricciones que los demás en el Londres de la Segunda Guerra Mundial. La verdad es que la biografía y obra de la autora de La gravedad y la gracia tienen más ribetes de hagiografía que de una vida de intelectual. Su entrega a sus causas era común entre las tantas personas que formaron parte de las luchas revolucionarias pero, a diferencia del materialismo comunista, Weil apostaba por la trascendencia de la vida humana, es decir, por la existencia de Dios.

Comienzo por el capítulo dedicado a la atención. Vivimos una realidad intermediada por la técnica que favorece el debilitamiento de la atención, visible en la educación formal pero también en los entornos laborales, culturales y hasta del simple entretenimiento. En lugar de moralizar al respecto, cabe la pregunta de si la dispersión de la atención nos favorece, y la verdad es que no parece ser así, desde el punto de vista intelectual. Además, estamos entregados apasionadamente a nuestro yo en las redes sociales, por lo que la simple y pura contemplación en pos de la verdad pareciera un anacronismo, una nostalgia de intelectuales modernos que no se han enterado de que la verdad es una noción ya debidamente desmontada. Han afirma que los dispositivos inteligentes inhiben la atención, la posibilidad de entregarnos al mundo sin que medie el frívolo placer de las sustancias químicas que se liberan al mirar las pantallas.

Poner atención es lo más difícil que podemos exigirle a alguien en esta época, y lo digo a conciencia como profesora universitaria. Por otra parte, la sumisión a un aparato está en el extremo opuesto de la relación profunda con las personas: estas dejan de interesarnos y no queremos escucharlas porque funcionamos para nuestros apetitos, como los bebés. La atención es clave en la relación con Dios, con los rituales y con la experiencia religiosa, que se define por dejar caer las murallas del yo. No miramos el mundo, subraya Han, lo comemos para satisfacer una necesidad o interés inmediatos, como cuando consultamos la inteligencia artificial y nos brinda automáticamente una respuesta. En cambio, en la oración........

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