Nicaragua se hunde en el totalitarismo
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El pasado 19 de julio, durante la celebración del 47 aniversario de la revolución sandinista, Daniel Ortega anunció sin rodeos su intención de no arriesgarse más a celebrar elecciones multipartidistas que pudieran resultar en su derrota, como le sucedió en 1990 y en dos elecciones sucesivas, antes de finalmente ganar en noviembre de 2006. “Aquí no volverán a haber elecciones para que por ahí intenten ellos (los partidos opositores) atrapar el gobierno, atrapar el poder. Vamos a trabajar con la Asamblea Nacional y con las obligaciones correspondientes, a hacer las leyes, para que les pongan un muro, un bloque a los golpistas, a los vendepatrias (…). Y aquí se acabó la historia de que los partidos puestos por los yanquis, puestos por los somocistas, volverán a llegar al gobierno. ¡Jamás, jamás, jamás!”.
Muchos comentaristas han denunciado, con razón, un “giro”, una “consolidación autoritaria” o incluso una “oficialización de la tiranía”. Todas estas críticas establecen implícitamente una comparación con la dictadura de Anastasio Somoza Debayle, último presidente de la dinastía que gobernó el país de 1937 a 1979, quien fue derrocado en 1979 por una revolución que unió a una coalición diversa: la guerrilla del Frente Sandinista de Liberación Nacional, los numerosos partidos de oposición –desde conservadores hasta comunistas–, el movimiento obrero, el sector empresarial y la iglesia católica, que confirió a la lucha contra Somoza el carácter de una cruzada contra un régimen intrínsecamente corrupto.
Sin duda, esta comparación tiene cierto fundamento. Los dos hijos de Anastasio Somoza García (1896-1956), Luis y Anastasio, lo sucedieron y siempre mantuvieron un control férreo sobre las principales instituciones del país. El hijo de Anastasio Somoza Debayle, Anastasio Somoza Portocarrero, el “Chuiguín “, debería haberlo sucedido.
Los Ortega Murillo también tienen un proyecto de gobierno dinástico. Daniel Ortega, Rosario Murillo (su esposa, quien se convirtió en su copresidenta tras una reforma constitucional en febrero de 2025) y sus hijos se han hecho con el control del país mediante una corrupción generalizada. El adjetivo acuñado por Henry Kissinger para describir a los Somoza, “cleptócrata”, se usa ahora para denunciar los negocios de los Ortega Murillo. En los últimos años, a los inversionistas chinos que llegaron en gran número para hacer negocios en Nicaragua se les dijo que el país era estable porque un dúo formado por la copresidenta, Rosario Murillo, y su hijo, Leonel Ortega Murillo, sucedería a la pareja Ortega-Murillo.
Con todo, si bien esta comparación desmitifica la imagen del guerrillero heroico y abnegado que cultivó Daniel Ortega, pasa por alto un punto crucial. El régimen político que Daniel Ortega y Rosario Murillo han establecido metódicamente desde el regreso de Ortega al poder en 2007 no es ni una tiranía clásica como la de los Somozas ni una dictadura militar como las que sufrieron muchos países latinoamericanos. Se trata de una dictadura totalitaria que radicaliza y relanza el proyecto político del régimen sandinista de 1979 a 1990.
Las palabras de Daniel Ortega el 19 de julio ofrecen indicios muy claros en este sentido. El presidente evoca dos imágenes centrales de las representaciones totalitarias. En primer lugar, se niega a considerar el poder como un “espacio vacío” (Claude Lefort), ocupado solo temporalmente y sujeto a cuestionamiento periódico mediante elecciones libres y pluralistas en las que compiten las fuerzas más diversas y donde la oposición puede imponerse. El conflicto político o social deja de ser legítimo; se convierte en sinónimo de desestabilización, se le percibe como una usurpación ilegítima del poder. Sus palabras son inequívocas:........
