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La soberana verdad

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04.05.2026

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El pdf me llegó por WhatsApp una mañana de domingo. Una amiga, simpatizante obradorista, tuvo a bien enviarme el último libro de López Obrador, Grandeza. Confieso que ignoré el archivo durante días, hasta que el inevitable circo mediático en torno al libro terminó por despertar mi curiosidad. El dichoso libro es un texto sorprendentemente pobre, tedioso, reiterativo y más cercano a un manifiesto que a una obra historiográfica.

Entre las muchas afirmaciones que desfilan por sus páginas, la que suscitó más controversia es que los sacrificios humanos en el México prehispánico no existieron: “iremos argumentando y demostrando poco a poco hasta llegar a la conclusión de que los sacrificios humanos y el canibalismo no existieron en el México prehispánico y que su invención correspondió más al fanatismo y a la perversa estrategia de justificar con ello la esclavitud y la crueldad en aras de la avaricia, y el despojo de bienes y riquezas […]” (pp. 54-55). La afirmación no es menor. Después de todo, literalmente toneladas de evidencia arqueológica, documental y etnohistórica han sido examinadas por generaciones de especialistas. Pero el punto más interesante del episodio no es si el expresidente, ahora convertido en historiador, tiene razón o no, sino lo que revela sobre la relación entre el populismo y el conocimiento experto.

En apariencia, Grandeza es un libro de historia. La reacción de los especialistas fue, por tanto, la esperable. Eduardo Matos Moctezuma recordó la abundante evidencia arqueológica y documental. Leonardo López Luján remitió a décadas de investigación acumulada. Otros historiadores y arqueólogos fueron más directos y calificaron el libro de una apropiación y distorsión del pasado. En suma, el veredicto académico fue el mismo que han recibido otros tantos malos libros de historia: la hipótesis carece de sustento empírico. Pero esa respuesta, aunque científicamente impecable, termina por errar el punto.

Bien visto, Grandeza es un libro sobre legitimidad. Su propósito no es simplemente reinterpretar el pasado, sino integrarlo en una narrativa política. Al presentar a las civilizaciones mesoamericanas como moralmente superiores, austeras, solidarias y fraternas, el texto construye una continuidad ética entre ese pasado idealizado y el presente político que López Obrador y sus seguidores denominan la Cuarta Transformación.

Se dirá que nada de esto es, en sí mismo, nuevo. A fin de cuentas, los Estados nacionales siempre han recurrido al pasado para legitimarse, y otros tantos políticos, incluido el mismísimo Winston Churchill, han escrito libros de historia. Pero lo que distingue al gesto populista es que no solo instrumentaliza episodios o figuras históricas, sino que intenta reconfigurar el criterio mismo de la verdad histórica. En la historiografía profesional, las afirmaciones deben someterse a reglas disciplinarias: evidencia, coherencia interpretativa, escrutinio crítico y posibilidad de refutación. Ninguna conclusión es definitiva y toda interpretación es provisional. Como argumentó Robert K. Merton, la autoridad del conocimiento científico no descansa en la verdad de sus conclusiones, sino en el carácter institucionalizado del escepticismo que las produce. La ciencia no es creíble porque acierte siempre, sino porque organiza sistemáticamente la duda.

El populismo introduce un principio distinto, anclado no en la verificación empírica, sino en la plausibilidad moral y política. Bajo esta lógica, una narrativa puede considerarse legítima no porque esté corroborada por la evidencia, sino porque corrige una injusticia histórica o reafirma la dignidad de una comunidad o de un movimiento. En ese sentido, el pasado deja de ser un objeto de investigación y se convierte en un recurso de reivindicación.

Por ende, el desafío populista frente a la historia y, en realidad, frente a cualquier forma de conocimiento experto, desde la epidemiología hasta la administración pública,........

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