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Salvador Elizondo: escribir para ser escrito

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29.03.2026

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Cuando pienso en la obra de Salvador Elizondo (1932-2006), se me vienen a la mente tres o cuatro imágenes: una mujer recogiendo una estrella de mar en la playa, con un propósito secreto; el doctor Farabeuf con su maletín negro, subiendo una larga escalera que se extiende durante cien páginas; un grupo de amigos bajo un árbol, platicando del libro que protagonizan, o una mujer tirando monedas sobre una mesa para leer el I Ching. Son imágenes tensas y poéticas, que contienen un futuro y un pasado abiertos a interpretaciones saturadas de símbolos, a acciones confusas e infames. Son imágenes sugerentes, perturbadoras en su ambigüedad y en sus muchas posibilidades, que vuelven una y otra vez para adquirir un nuevo sentido al tiempo que destruyen otro. Hay otras imágenes en torno de las cuales gira la obra de Elizondo, quizás más célebres y desde luego más explícitas, que por ello me interesan menos: las escenas de tortura y cuerpos desgarrados, la borrosa fotografía de la ejecución del prisionero chino o el propio Salvador Elizondo incendiando su casa en un rapto de locura. Al contrastar ambos grupos de imágenes, caigo en la cuenta de que el Elizondo que me sigue seduciendo es el escritor que se escribe escribiendo y el que menos me interesa es el del malditismo que tanto se obstinó en cultivar.

Como tantos otros escritores, Elizondo tiene la fortuna y la desgracia de haberse vuelto autor de un solo libro, no necesariamente el mejor, pero definitivamente el más célebre: Farabeuf (1965). Y la verdad es que sigue vigente el atractivo de la que primero fue considerada novela por su autor para luego ganarse la mucho más abierta categoría de “libro”, a pesar de que el sustrato literario sobre el que fue escrita no envejeció bien. Quizás esos son los auténticos buenos libros: los que, sin negarla, sobresalen y sobreviven a la tradición que los engendró, que en el caso de Farabeuf es el nouveau roman leído por un fanático de Bataille. En lo que respecta a narradores franceses, el travieso Oulipo –con Perec a la cabeza– se lee mucho mejor hoy que la mecánica frialdad de un Robbe-Grillet. Pero no nos desviemos........

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