Todo líder es un barrio
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Vamos a recordar esta imagen como la del hombre en la Luna: tres hojas arrancadas a una de esas agendas que regalan las empresas a fin de año dispuestas en abanico con el boli de Harry Potter encima. En 230 palabras exactas, Lionel Andrés Messi Cuccittini, Leo, La Pulga, Lionel Andrés, capitán, dijo adiós. “Me vacié”, escribió. “Duele en el alma, pero entiendo que es el momento”, y (nos) mandó a millones a pedir pausa de rehidratación.
Lo que siguió es el mundo conocido: tristeza, congoja y alegría por tener de contemporáneo al mejor de la historia. Todo revuelto, como exige cualquier separación amorosa después de décadas juntos. Tras eso, las dudas: qué viene ahora, qué hacemos. ¿Alguien nos querrá igual?
Por partes. Primero, la salida de Messi llevará a Argentina a una búsqueda y reacomodamiento para suplir el agujero negro de la estrella del gol que más mundo quiso. Eso es indudable. Pero no quiero hablar de fulbo, o no directamente. El mexxit también me llevó a pensar en otra cosa. El fin de Lionel Andrés es el fin de un liderazgo en un grupo cohesionado, una pequeña sociedad, como decía César Luis Menotti. Entonces, digo, si el fútbol es un juego que amalgama esos grupos de pares y jugar se juega como se vive, ¿qué tanto de nuestras sociedades hay en él y, más aún, qué puede decirnos el fútbol cuando se pierde un líder?
Messi es la excusa para hablar no de un país, sino de las pequeñas sociedades diarias que hacen que ese país funcione. Porque, en efecto, la vida como la conocemos no sucede en entidades abstractas como la nación, sino en la calle de casa, las mínimas manzanas que la rodean, el mundo próximo del roce cotidiano. La patria es la distancia que nos separa de otros con los que convivimos, al cabo. ¿Qué les pasa, entonces, a los grupos humanos cuando alguien que sostenía algún tipo de orden dice che veddiamo?
Las sociedades pierden líderes carismáticos todo el tiempo y esa derrota casi nunca sucede de la manera prolija que nos enseñan en la clase de historia o en el periódico. Muere una organizadora barrial de quien dependía montar a diario la olla popular y ese fragilísimo universo puede colapsar. Se va el secretario general del sindicato, que no era el más listo pero sí capaz de mantener cien asambleas sin fractura, y las pujas internas incendiarán la próxima. Se jubilan los fundadores o los directivos de cooperativas de energía eléctrica o agrícolas que llevaban décadas resolviendo disputas con gobiernos municipales, empresas y usuarios, y aquello que era seguro e invisible –la luz, el agua, la venta de las cosechas– se vuelve un dolor de cabeza existencial. Asumo que en todos esos casos pasa algo similar a lo que pasará desde el 31 de agosto de 2026: un sistema que funcionaba porque alguien lo sostenía con su autoridad moral –y un talento indescriptible– se queda de repente sin sostén y debe aprender a gestionar una nueva etapa.
Mientras trabajaba en un libro, un colega de Arizona State University me introdujo en el trabajo de Elinor Ostrom, distinguida con el Nobel de Economía en 2009 y profesora de la universidad en su madurez final. Ostrom dedicó buena parte de su carrera a analizar, in situ, la manera en que las comunidades manejan de manera eficiente y efectiva sus recursos naturales comunes más allá de la gestión del sector privado o los gobiernos. Su libro de 2015 Governing the commons es fascinante, en especial para quien ha crecido –mi caso– en ciudades o pueblos donde las principales instituciones no gubernamentales son cooperativas de energía eléctrica o , distribución de gas, de alimentos y supermercados, recolección de basura, de TV por cable y, porque la vida acaba y necesita cuidado, hasta de servicios fúnebres. Todas pequeñas sociedades controladas por vecinos.
Ostrom murió en 2012 y no tengo constancia de que supiese quién era Messi o de qué iba el fútbol, pero creo que entendió la dinámica que lo gobierna en el campo y el vestuario. Recorrió comunidades de regantes en Nepal, cooperativas forestales –las iriai– con 500 años de operación en el sur de Japón, pesquerías en Maine y Turquía, varios sistemas de pastoreo comunal en África oriental. En esos proyectos encontró un factor diferencial: los bienes comunales operaban sin necesidad de administraciones verticalistas ajenas al grupo. La dinámica se daba en asuntos tan distintos como el manejo de aguas, bosques y caladeros, pero el trasfondo que sostenía a todas eran la confianza colectiva, esa especie de crédito emocional que cimenta una certeza: pase lo que pase, estaremos bien mientras tengamos objetivos comunes.
Todos esos proyectos requerían reglas construidas por la propia comunidad y quien o quienes encarnen esas normas –su/s lídere/s– hasta que se hagan carne. Ostrom enumeró varios principios de diseño operativo, entre ellos la determinación de límites claros sobre cómo se construye el grupo, mecanismos de decisión colectiva, monitoreo interpares, un sistema de sanciones graduales y de qué maneras se resuelven los conflictos........
