menu_open Columnists
We use cookies to provide some features and experiences in QOSHE

More information  .  Close

“Reflecting fool” o el reflejo del ego de Trump

24 0
30.06.2026

Nombre de usuario o dirección de correo

Hay países que se cuentan por sus monumentos y otros por sus cicatrices. Estados Unidos suele preferir los monumentos, pero las cicatrices terminan imponiéndose porque nunca desaparecen del todo, nada más cambian de sitio. A veces, monumentos y cicatrices simbolizan lo mismo. Y en el caso de Donald John Trump esa síntesis remite a un solo punto: su ego.

Washington, por ejemplo, está lleno de superficies que fueron diseñadas para reflejar el cielo. El mármol del Capitolio, las ventanas de los ministerios y el espejo de agua frente al monumento a Lincoln, el estanque reflectante o reflecting pool, esa enorme lengua de agua destinada a reflejar en cada uno de sus extremos el monumento a Washington y el monumento a Lincoln, los dos mayores Padres fundadores de Estados Unidos. Trump no podía estar ajeno a eso, así que decidió que el espejo debía tener algo de él, y lo hizo pintar para convertirlo en una piscina de Mar-a-Lago.

El ego puede ser dañino y el ego de Trump es epítome de la autoimportancia. Todo es sobre él. Y todos nosotros hemos debido vivir con doce años –dentro y fuera del gobierno– de Trump imponiéndose en todas partes como una mancha difícil de evitar. Trump ha cultivado la expansión de sus negocios, imagen y nombre hasta cubrir a Washington D.C. tanto de sí mismo que quizás nada más necesite un empujón para renombrar otras partes de ella con su apellido, consciente de que llamarla Trump, D.C. sería, incluso para él, un exceso. Es como si la ciudad fuera suya, otro complejo de edificios al que podría embadurnar con un gusto tan absurdamente ostentoso, excesivo, excéntrico y meloso que provocaría espasmos a Tony Montana, Liberace y Walter Mercado.

Trump II es Trump puro, desquiciado, el Kraken suelto. La Casa Blanca ha abandonado el ascetismo para tornarse en un Versalles cutre que hiere los ojos y el buen gusto. Es el triunfo del culto kitsch a la personalidad. Trump descubrió en su regreso al poder que ya no necesita sorprender, que este era su último baile. Y que, por lo tanto, debía dejar su marca. Y eso es tan simbólico como literal.

Así, la Oficina Oval de la Casa Blanca pasó de ser un espacio modesto y delicado a una restallante colección de ornamentos de yeso de IKEA pintados con brillantina dorada. Molduras pintadas con oro de 24 quilates, detalles dorados en los marcos de las puertas, querubines traídos de su finca de Mar-a-Lago. La chimenea de mármol blanco de la Oficina convertida en un apósito dorado horrendo, con urnas de oro y más ornamentos dorados. Portarretratos dorados, molduras doradas en el techo; posavasos dorados con el nombre TRUMP prominente. Su vocera Karoline Leavitt lo encontró con un bote de superglue en la mano añadiendo nuevas decoraciones a la repisa de la chimenea, como un anciano dedicado al bricolaje porque nada más tiene que hacer. Todo para simbolizar lo que Trump llamó en su discurso inaugural la –obvia– Edad Dorada de Estados Unidos. 

Albert Speer, el arquitecto de Hitler, diseñó obras públicas grandiosas, todas de estilo clásico, con la idea de empequeñecer al individuo y proyectar una imagen de fortaleza nacionalista. Los líderes soviéticos, en particular Stalin, planearon los suyos.1 Kim Jong-un tiene mosaicos y murales como una estatua gemela con su padre hecha en bronce fundido. Saddam Hussein tenía 3,860 estatuas de sí mismo en todo Iraq. El culto a la personalidad está entretejido en el ADN político de hombres que emplean el poder estatal o personal para emprender proyectos que aportan poco y nada a la sociedad pero mucho a reflejar sus egos. Son, todos, instrumentos de difusión ideológica. Los Estados Unidos de Trump son ese rechinante, empalagoso brillo dorado de mal gusto que pretende exhibir un imperio poderoso y nada más........

© Letras Libres