La sutil vida de un poeta
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“Los poetas no tienen biografía. Su obra es su biografía”, dice, célebremente, Octavio Paz al comienzo de su ensayo sobre Fernando Pessoa, en Cuadrivio (1965), uno de sus libros más hermosos. La frase paciana, más que una coquetería pues todos, aun los más insignificantes, padecemos de una biografía a cuestas, alude a un problema del cual Ernesto Hernández Busto (La Habana, 1968) se ocupó porque preocupa, mucho o poco, a todos los biógrafos. Remite al Contra Sainte-Beuve (1954), de Marcel Proust, colección de fragmentos de juventud publicados póstumamente por Bernard de Fallois y cuyo título no se debe al autor de En busca del tiempo perdido.
En aquellas páginas, en efecto, el joven novelista se rebela contra el anacrónico Sainte-Beuve oficial –aquel que disfrutaba su madre–, quien consideraba que el conocimiento de la vida de un autor esclarecía, como quería el lundista, los claroscuros de su obra. Proust pregonaba, de acuerdo con la literatura del nuevo siglo del cual sería uno de los portaestandartes, por la autonomía del texto, aunque su conocimiento de Sainte-Beuve fuese parcial. No conocía Proust su historia del convento de Port-Royal (1840-1859), que hoy sería considerada una “multibiografía” de aquel nido del jansenismo, ni tampoco su juvenil tratado histórico sobre la poesía francesa del siglo XVI (1828), donde, paradójicamente, habla de las obras y no de los autores. Pero concedamos que, en términos generales, la vieja crítica, emblematizada por Sainte-Beuve, le daba la espalda a la retórica a favor de la personalidad y que el siglo XX, no solo el francés, desde Gustave Lanson hasta el postestructuralismo, fue retórico.
Ello viene a cuento porque, como pocos entre los hispanoamericanos, José Lezama Lima (1910-1976) es un poeta que parece ajustarse a la sentencia de su admirado Octavio Paz. “No tengo biografía”, insistió. “Vivo en lo que queda al pasar por un espejo.”1 Solo salió de Cuba en dos ocasiones: a Jamaica (asunto de su magnífico “Para llegar a la Montego Bay”, en Dador, de 1960) y a México, donde se recreó con los murales, a los cuales llamaba “fresquismo mexicano”.2 Salvo con Juan Ramón Jiménez y Federico García Lorca (sobre cuyo trato con Lezama Lima Hernández Busto hila fino y ve en el ejemplo del granadino un aliento de libertad sexual para el cubano)3 no tuvo el autor de Paradiso (1966) y de Oppiano Licario (1977) mayor comercio con los figurones de la literatura mundial, aunque hizo Orígenes (1944-1956), una de las grandes revistas literarias del idioma. Tampoco descolló por su entusiasmo por la Revolución de 1959, la cual lo edificó moralmente en sus inicios, pero acabó por condenarlo al ostracismo, aun cuando dejó su ofrenda poética ante Ernesto Guevara en un poema no publicado en libro.4 Empero, dice su biógrafo, “en todo gran poeta habita, por así decirlo, la tentación de legislar en nombre de alguna polis”.5
Visitar su casa en Trocadero 162 en La Habana vieja, antes y después de la muerte del gran poeta, se convirtió en un imperdible en materia de turismo literario; famosa era su discreta homosexualidad y su indiscreta glotonería, y admirada, sin reserva alguna, toda su obra poética, novelística y ensayística. Bien conocida era la suya, una gramática de asmático y frecuentemente comentada su aparente incapacidad para pronunciar o escribir correctamente palabras en otra lengua distinta al castellano.
Así que Hernández Busto se enfrentaba, solo en apariencia, ante un vacío biográfico que, como todo en Lezama Lima, acabó por ser sustituido por la profusión. Desde 1997 y 2002, comenzando nada menos que con Lorenzo García Vega (1926-2012) y con Eloísa Lezama Lima (1919-2010), su hermana, Hernández Busto conversó con varias decenas de testigos y protagonistas, falsos o verdaderos, de la vida lezamiana, al grado de que, como comentó en la presentación del libro en la Ciudad de México, el 18 de marzo de 2026, el........
