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“Tardes de soledad”, la devoción provocadora

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17.04.2026

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La devoción en el cine ya es poco frecuente. Me refiero a la capacidad de las imágenes de conmover por sí mismas, no por el tema que retratan, su pertinencia o su función utilitaria de servir como ejemplo de algo. A veces lo que despierta el fervor es el encuadre, el recorte, el acomodo o la disposición de los elementos en su interior. También el color. Pensemos en Rothko o Alberto Burri. Las imágenes del cine, por supuesto, también son cuestión de tiempo, de duración y ordenamiento.

En Tardes de soledad (2024), Albert Serra induce al espectador a la danza de las imágenes, devoción que el director catalán logra, entre otras estrategias, demorándose en los planos. En ellos no hay prisa, tampoco la emulación del ritmo frenético de las nuevas narrativas, sino una contención en sus propios elementos. Forma pura. Por ejemplo, la imagen de una virgen que llora lágrimas que brillan, vista desde la abertura de las piernas de un torero vestido de luces. O la pose estatuaria de este, que gira rápido y lento, que arranca y obtiene del fondo rojo del ruedo más carmín.    

Como en el primer cine, se trata de un rostro –escuchen a Norma Desmond, que algo sabía de la expresión hecha de luz en la oscuridad: “no necesitábamos diálogo. ¡Teníamos caras!”– que es capaz de servir de pantalla que proyecta lo infantil y lo severo, el fervor y lo brutal, la indefensión y la arrogancia, la inocencia y la sexualidad. Es el rostro de Andrés Roca Rey, torero peruano, que Serra sigue en su película, un documental sui generis, igual de estilizado que su protagonista. 

Pero hay otra cosa, algo más contemporáneo que no está solamente en el rostro y que........

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