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Yuri Andropov: el hombre que podría haberse convertido en otro Deng Xiaoping

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15.04.2026

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Quienes me siguen saben que soy un gran admirador de los historiadores soviéticos Roy y Zhores Medvedev y que he leído la mayor parte de sus libros. (Ya he explicado antes por qué encuentro sus obras especialmente iluminadoras, aunque hasta finales de los ochenta tuvieron que trabajar en el aislamiento, el exilio y con un acceso muy limitado a los documentos de archivo.) En los últimos dos años he leído dos libros de Roy Medvedev sobre lo que él llama el “Stalin desconocido”, y otro que describe a célebres disidentes –ideológicamente y como personas–, entre los cuales destacan, naturalmente, Solzhenitsyn y Sájarov, a quienes Roy conoció personalmente en los círculos disidentes que compartían.

Hace poco leí el libro de su hermano Zhores sobre Andropov. Recordaba vagamente haberlo leído cuando se publicó, y en efecto lo comprobé en mis notas: lo leí en 1983. Aunque muchos de los argumentos de Zhores me eran familiares, no sabía con certeza si los conocía por su libro o por otras fuentes. Leer el libro hoy, más de cuarenta años después de su publicación y teniendo en cuenta lo que ha ocurrido entretanto en la Unión Soviética y luego en Rusia y Ucrania, suscita sentimientos y reflexiones muy distintos de los que debí de tener en aquella primera lectura.

El libro puede leerse como una biografía convencional de Yuri Andropov, pero también como una reflexión sobre el régimen comunista tardío en su variante brezhneviana, e implícitamente como una ensoñación que especula con lo que podría haber ocurrido si Andropov hubiese vivido para gobernar la Unión Soviética más de un año y medio. En el relato de Medvedev, Andropov emerge como un tecnócrata muy agudo y capaz. Su primer cargo importante –tras haber trabajado en un puesto del PCUS en Carelia– fue en el Ministerio de Asuntos Exteriores y, de forma harto significativa, como embajador de la Unión Soviética en Hungría durante la revolución de 1956 y su posterior aplastamiento por los tanques soviéticos. Fue entonces cuando Andropov conoció a Nikita Jruschov, que voló en secreto a Hungría en varias ocasiones para coordinar la solución política y, en última instancia, militar de la crisis húngara. Posteriormente Andropov pasó a ser secretario del Comité Central responsable de las relaciones con los partidos “hermanos”, es decir, los partidos gobernantes de Europa del Este, aunque no, en la medida en que puede inferirse del libro, con el PCCh chino. En 1967 fue trasladado para encabezar el KGB.

Medvedev muestra que el cargo de jefe del KGB tenía por entonces varios inconvenientes de peso. Siete de los once predecesores de Andropov fueron ejecutados. Ocurrió sobre todo durante el mandato de Stalin, cuando los jefes del KGB eran fusilados uno tras otro –Yagoda y Yezhov son los más conocidos– bien porque habían sido demasiado diligentes en la represión y Stalin quería distanciarse de ellos, bien por simple capricho o por el deseo de infundir miedo incluso en quienes tenían por oficio aterrorizar a la población. Aquello continuó bajo Jruschov, cuando fueron liquidados Beria y luego Merkulov, su sucesor. Era, pues, un cargo que incluso en los tiempos mucho más tranquilos de Jruschov y Brezhnev seguía conllevando ciertos riesgos. “Andropov fue el único hombre que no solo sobrevivió al cargo, sino que además salió de él políticamente más influyente. También logró convertir el trabajo en los servicios de seguridad en un bagaje aceptable para el líder del PCUS. Es más, llegó a ese liderazgo mediante el proceso normal de sucesión del partido, y no a través de una larga lucha por el poder que muchos observadores habían pronosticado.” (p. 59).

En segundo lugar, no se consideraba un cargo especialmente prestigioso en la jerarquía del partido. Era sin duda un puesto importante, pero sin mucho poder autónomo y por debajo del nivel de miembro del Politburó. De hecho, era inferior al cargo anterior de Andropov como secretario del Comité Central, y........

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