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El legado de la no política exterior de AMLO

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01.07.2026

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En diciembre de 2018, Andrés Manuel López Obrador arribó a la presidencia de México sin interés alguno en la política exterior, sin una visión articulada del lugar del país en el mundo y, sobre todo, sin comprender que en el siglo XXI la política exterior de una nación mediana como México –integrada profundamente a la economía de América del Norte, con una diáspora de más de 35 millones de personas en Estados Unidos y con una frontera de 3 mil 200 kilómetros con la aún primera potencia del planeta– no es un adorno o un ejercicio retórico: es una herramienta estratégica de primera importancia para proteger los intereses nacionales. Lo que le siguió durante seis años fue una acumulación alarmante de errores, omisiones, improvisaciones e inconsistencias que dañaron la reputación y posición internacionales de México, deterioraron relaciones diplomáticas laboriosamente construidas durante décadas y dejaron al país mucho más vulnerable de lo que lo encontró López Obrador al asumir el poder.

Es sencillo probar la pertenencia a una comunidad de democracias. Solo hay que ver el grado en que esa nación está dispuesta a cooperar para abonar a los bienes comunes globales y mejorarlos, proteger valores e intereses mutuos y un sistema internacional basado en reglas, mostrar solidaridad con los pueblos que enfrentan violaciones o limitaciones de sus derechos humanos y denunciar el retroceso democrático y el autoritarismo. En todos estos frentes, México falló a lo largo del último sexenio, sobre todo porque careció de los atributos esenciales de cualquier política de Estado: consistencia, predictibilidad, reciprocidad y anclaje en el interés nacional. Más bien, el país arropó el vandalismo diplomático y la negligencia profesional en la conducción de la política exterior por parte de su presidente, una colección de gestos, resabios y nostalgias ideológicas y reacciones ad hoc –viscerales y sobre las rodillas– que dejaron a México más solo, más débil y más expuesto al iniciar el sexenio de Claudia Sheinbaum. Y el tsunami –mediático, de mercados, de pronunciamientos y posturas gubernamentales, de organismos multilaterales y de ong internacionales– que de ello se deriva y que hoy estamos enfrentando no solo ponen en tela de juicio la viabilidad democrática de la nación; nos podría salir muy caro a todos los mexicanos más pronto de lo que muchos piensan.

La “no política exterior”: la ausencia como sistema

Al final del día, lo que sucedió con nuestra política exterior recuerda al suicidio ritual japonés por evisceración, el seppuku. El primer y más grave error de López Obrador en materia internacional fue, paradójicamente, el de la omisión. Durante seis años, México brilló por su ausencia en foros multilaterales, renunció a ejercer el liderazgo regional que históricamente le corresponde a una potencia media de su calibre y optó sistemáticamente por el silencio o la complicidad disfrazada de neutralidad como sustitutos de la acción y reputación diplomáticas. López Obrador es el único líder mexicano de la era moderna que –en uno de los momentos de mayor fluidez y cambio en el sistema internacional del siglo XXI– esencialmente no viajó al exterior en su sexenio. A diferencia de sus antecesores, que entendieron que la presencia del jefe de Estado en escenarios internacionales es moneda diplomática insustituible, López Obrador –el presidente más provinciano e intelectualmente menos curioso e interesado en el mundo, en lo que ocurre en él y cómo afecta a México– ejerció su galimatías de política exterior desde el atril presidencial de la mañanera, convirtiendo el vacío en una especie de doctrina: su infame y malhadado postulado de que “la mejor política exterior es la política interna”. Y el resultado fue algo que yo ya había........

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