Entrevista a Juan Carlos Mestre: “No creo que cumpla la poesía ninguna función mesiánica”
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Juan Carlos Mestre (Villafranca del Bierzo, León, 1957) es uno de los más singulares poetas españoles. Galaxia Gutenberg recogía hace unos meses en casi 1500 páginas sus versos en Asamblea. Poesía reunida (1975-2025), medio siglo de una lírica ligada a la tierra, a la imaginación, al arrebato y al compromiso. La edición es de Emilio Torné, el prólogo de Antonio Gamoneda, que le dedica un espléndido poema, y la introducción es de Jordi Doce, director de la colección. Hace unas semanas participó en Expoesía, en Soria.
¿Cómo escribe Juan Carlos Mestre? Da la sensación de que es muy intuitivo, hasta torrencial, que escribe con la tierra y apegado, enyedrado casi, a ese territorio un poco indefinible que es León, y que le navega en las venas.
Nada sé acerca de esa persuasiva razón que vinculó mi vida a la escritura, acaso la única posibilidad que tuvo aquel débil muchacho para enfrentarse a los actos de fuerza y los espectros del dominio que arruinaban la época de su adolescente ensoñación. La voz sin boca de las tierras natales del Bierzo hoy carbonizadas por la usura, el rizoma de las aguas sagradas y la bendición de los ríos por los que fluye la memoria de los pueblos como una profecía civil de la justicia; sí, la intuición y su sencillo conocimiento de la naturaleza como el más estimable valor de la salvaguardia humana. De esa custodia ante la conducta moral de los antepasados, inseparable de la condición de clase y su certeza en la utilidad de la esperanza, emerja tal vez la disposición de interpretar el arduo mundo a través de hipótesis verbales, que no otra cosa es un poema, ante la incertidumbre de cuanto llamamos lo real.
He usado la palabra torrencial…
Y si por torrencial entendemos lo que incontenible desde el corazón de la tierra nace, no seré yo, ni la voluntad de esa otra minoría que habita en mí, el que impida el derecho del idioma a preferir sus cauces. No elige uno la forma de su mundo ni la hechura de los valles de la vida; es la propia conciencia de la escritura la que resuelve el desafío de ampliar con sus múltiples dicciones los horizonte significativos del porvenir, ese territorio indefinido del origen, allí donde la inteligencia del lenguaje no residía tanto en la rueda de las palabras como en la imaginación el eje, aquella idea fundamental que en mis primeros años de formación postulaba la repoblación espiritual del mundo, la lucha por los derechos civiles a la felicidad, el desafío de la libertad y lo justo contra la dictadura franquista, y que de muy joven interpreté como la necesidad política de la belleza, el amparo de la vocación artística ante los presagios del daño y lo aborrecible.
Ya surge esa clave tan personal suya: ¿qué le debe su escritura, en primer lugar, a eso tan polisémico que son los antepasados? Hay muchos poemas sobre ellos, como ‘Los antepasados’, que ya estaba en su primer poemario, o ‘Retrato de familia’, entre otros muchos.
A los antepasados uno adeuda todas las posibilidades del futuro. Son ellas, las personas que antes que nosotros sostuvieron con la única fortaleza de sus manos la intemperie del mundo, la más cierta posibilidad de la ilusión viviente, la heredad ética de los sufrieron el menosprecio por su condición de humildes, los desposeídos de su derecho a ser reconocidos como prójimos ante el imperativo de la solidaridad humana, los emigrantes sin otra patria que la desigualdad, las víctimas y los descontentos durante el imperio de la indiferencia. Ellas, ellos, progenitores de la dignidad, son quienes han señalado con sus huellas la senda hacia lo que está por venir, el proyecto real que contra toda quimera representa la idea favorecedora de la utopía social. Si la sabiduría consiste en haber sido un buen antepasado, el futuro dependerá absolutamente de nuestra actual conducta frente a los hechos de honradez y los actos de abyección, eso que tan inherente a toda propuesta estética define la ética de lo poético desde sus orígenes: un refugio para el desamparado, un acogimiento para el desatendido. El poeta es pariente de los linajes nobles de la misericordia que hicieron de la voz poética el lenguaje de la delicadeza humana, una generosa y testimonial manera de enfrentarse a la soberbia obstinación del poder para mentir y cuestionar, con la mera inocencia de sus sílabas, la astucia de la estupidez y la chalanería de los discursos de orden.
¿La chalanería de los discursos de orden?
Quiero decir que la poesía fue hecha para resguardar la casa de la verdad, no para destruirla con los edictos del abolengo. En ella, íntegros e insobornables, están los habitantes encomiables del pasado, la música descalza de san Juan de la Cruz y el latido del universo bajo el caparazón de tortuga de los poetas nahuas. Todo poeta es un antepasado útil a la tribu, el que plantó un árbol para señalar las lindes del abismo y el que libera de la sumisión a un caballo para que continúe su rumbo a las estrellas, el que cuida las haciendas invisibles de lo compasivo y arroja al fuego las espadas para fundir con ellas un arado. La digna muchedumbre que entra de espaldas al futuro para no perder nunca de vistas las educaciones del pasado, la reveladora enseñanza de quien hoy, alejándose del prestigio de la basura y la publicidad vergonzosa de la sociedad de consumo, solo se quita el sombrero ante un cerezo en flor.
¿Cómo son esas voces a las que alude a menudo: quién le habla, qué le dicen, de dónde proceden esos cantos, a veces salmos, a veces cuentos? El suyo, como dice Jordi Doce, es “el testimonio de la imaginación”.
Es la propia poesía la que tantas veces se pregunta esas cosas: ¿sabes tú de quién aprendí yo a cantar? Del gorrión y del grillo aprendí a cantar, y del humillado y del vencido aprendí a cantar, y del pan negro y del pan blanco aprendí yo a cantar. Ninguna palabra es suficiente comparada con el silencio que desaloja cuando ante la misteriosa inmensidad apenas somos capaces de nombrar lo mínimo, articular un exiguo balbuceo desde la ínfima partícula de polvo que habitamos. Y aun así, conscientes de nuestro casi imperceptible rincón en el universo, creímos haber descubierto la teoría del absoluto, la ética de lo imperecedero o la metafísica del bosón de Higgs. También lo menos incierto, la rueda sobre la que avanzamos hacia el lugar del próximo naufragio, la imprenta que fijó en tinta los anhelos de las generaciones y las distopías de la vileza, todos los sueños pendientes de ser soñados enterrados bajo toneladas de olvido y pesadumbre. Desde ese maremágnum de bienaventuranza y condenación se acercan de puntillas a tocar la puerta del poema las voces silenciadas de los vivos pero también el eco inextinguible de los muertos.
En su caso, están en casi todos los poemarios: los vecinos, los familiares (no hay más que leer La bicicleta del panadero), una idea de la tribu, Keats, Pessoa, Safo…
Ante esa existencia de lo otro, de la exterioridad donde reside el habla conmiserativa de la fraternidad humana, llegan las presencias expulsadas del discurso humano al bosque de los símbolos, el relato de los sueños que se niegan a permanecer en el olvido y las pequeñas cosas que se pueden envolver con cuidado en un pañuelo, los viejos mitos que mantienen vivo el recuerdo imaginario de la creación, la fuente de las fábulas cuya elocuencia mana para todos, también la utopía irrenunciable del humanismo y la remota melancolía de las oraciones que nunca fueron escuchadas por algún dios. Voces, tumbas, lápidas, la luz que piensa químicamente, apenas los fugaces dones de la promesa, el idealismo jamás derogado de quienes aún sostienen la idea, hecha sola con palabras, de que algún día las estrellas serán para quien las trabaja.
Cuando uno le escucha, como nos acaba de suceder en Expoesía de Soria-2026, se ve que escribe no solo desde usted, sino con los otros: desde El Quijote y Cervantes hasta Gamoneda, pasando por Keats, Pérez Estrada o Whitman, este por sus formas salmódicas…........
