Bastante paraíso XIX. De Pamplona al paraíso
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Cada salida a una charla o lo que sea, me cuesta tiempo (estoy en una esquina del mapa, una con poco o nada de transporte público), dinero (alquiler de coche) y estrés: no solo por la organización, también por la conducción, aunque eso ya lo tengo casi controlado. El primero de los coches que alquilé –me iba hasta Alicante para subirme a un avión hasta Bilbao– se me caló en la cuesta que hay a la salida de mi calle. Tuve que pedirle al conductor del coche que venía de frente que me lo sacara. Parece de juguete, me dijo. Y luego: El mío es automático. Y yo: El mío también, ¡este es de alquiler! (Yo había pedido uno automático, pero me dijo la de la empresa de alquiler de coches que estaban todos ocupados por los jubilados extranjeros. Eso soy yo a efectos de conducción: ¡jubilada extranjera!) A partir de ahí la cosa solo fue a mejor. No fui capaz de hacer funcionar la radio del coche, no había bluetooth ni nada parecido y ni siquiera supe cómo cambiar de emisora. Hice sonar la música desde el teléfono, como si fuera una........
