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12.02.2026

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Se ha puesto los tacones azules, lleva una blusa a juego y muy poco maquillaje con tal de verse elegante, pero a la vez despreocupada. La ocasión lo amerita: es su primera aparición pública luego de cuatro años. En todo ese tiempo solo dio a conocer un par de relatos en revistas importantes, muy bien pagados gracias a su agente, que ya no le pregunta cuándo llegará el siguiente manuscrito. Hubiera preferido quedarse frente a la televisión, admirando a los guapos arquitectos que transforman cuchitriles en casas de ensueño, pero fue obediente: acepta sus responsabilidades con los demás –como dice su psicóloga– y el lugar que ocupa entre ellos. Abraza lo que se espera de ella.

Al entrar en la librería se despoja de los lentes oscuros y observa que han colocado unos cien ejemplares de Hágase tu voluntad en forma de extravagante pirámide, bajo el cartel que anuncia la presentación. Se avergüenza cuando lee su nombre junto al de Hipólito, como presentadora. Todavía es temprano, puede escapar sin ser vista, ofrecer una excusa, pero teme quedarse sin ese amigo generoso. Con Hipólito trabajó unos ocho años, fue un buen jefe. Hay que ser agradecida, se dice una vez más.

Toma una gran bocanada de aire y comprueba que su segundo libro continúa ocupando un lugar en la mesa exclusiva de la editorial que la publica. El contrato de esa novela violenta pagó su coche; la adaptación a serie de streaming le dio un lugar en qué caerse muerta, una liposucción y amigos que escriben en las grandes ligas. Hipólito consiguió que Augusto Davis dijera en el cintillo: “El erotismo inteligente de Susana Jurado hará que el lector piense con el cuerpo.” Y la chispa se encendió. Aquella frase del patriarca de la novela erótica empujó las fichas de dominó: ahora Susana es una autora muy reconocida. En cierta manera debe su fama a Hipólito. Y quizá también la parálisis creativa.

Confía en que su presencia ahí sea solo ornamental, pues el que debe brillar es Hipólito Ventura, “una voz nueva y fresca de la literatura juvenil”, como reza toda la parafernalia del libro. Con tal de que él se luzca Susana ha preparado unas cuantas preguntas alrededor de la fallida Hágase tu voluntad, llena de lugares comunes, situaciones inverosímiles, cacofonías e incluso tildes mal puestas. Los errores del libro están revestidos de un diseño encantador: las letras de la portada brillan con diamantina rosa. Siente culpa, pues no terminó de leer, se resistió toda la semana procrastinando la obligación de seguir las aventuras de esa adolescente frívola. Está convencida de que Hágase tu voluntad difunde y propicia los peores estereotipos de la juventud. Incluso, en el capítulo veintiuno sintió que el texto ofendía su inteligencia, y la de los adolescentes. Si en la presentación la ponen a hablar primero, dirá que la obra le recuerda a un mito clásico. Basta para quedar bien, se dice. Pero ¿cuál? Se revuelve los sesos al acercarse al salón donde las sillas comienzan a ocuparse.

Hipólito la ve llegar y la saluda como si hubieran amanecido juntos, con cierta frialdad. Parece nervioso, igual a un presentador de circo muy emperifollado que también la hace de animador para quienes van llegando. Y hay algo distinto en él. Algo te hiciste, piensa ella. Observa a su exjefe de pies a cabeza. Está más delgado, pero se ve fuerte, el pecho le resalta como nunca. La sonrisita es la misma de siempre: un tanto cínica y coqueta. Te ves guapísima, le dice. Ella sonríe. La presenta con su vecina, la señora Vargas, que lleva un horrible sombrerito beige.

Nunca había conocido a una........

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