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Geometría democrática o las tensiones entre el poder ejecutivo y el poder judicial en Estados Unidos

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22.09.2026

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Si existiera un tratado de geometría urbana, Washington dc, la capital de Estados Unidos, la que muchos consideran el centro de poder del mundo occidental, sería un diamante. Diseñada en 1791 por el arquitecto Pierre Charles L’Enfant, bajo el encargo de George Washington, la ciudad recreaba un perfecto rombo de casi 260 kilómetros cuadrados de terrenos cedidos por los estados colindantes para reforzar la capitalidad de un país en construcción. Aunque años más tarde perdió esa forma original, tras la exigencia de Virginia de la devolución de parte del suelo que había entregado, la metáfora del diamante se ha mantenido como parte de la iconografía de la urbe, cuyas calles en cuadrícula y cuyas avenidas en diagonal trazan un plano a modo de red que conecta entre sí todos los edificios que albergan el poder y nos permite, de paso, seguir el juego con la analogía de las formas geométricas.

Puestos a buscar figuras más allá del rombo, y con el permiso de Montesquieu, podríamos dibujar también un triángulo, algo irregular, eso sí, en el mismísimo corazón de Washington, esbozando una línea imaginaria que uniera la Casa Blanca, el Capitolio y el Tribunal Supremo. Los tres poderes del Estado: ejecutivo, legislativo y judicial concentrados en apenas unos kilómetros cuadrados.

El Estados Unidos de 2026, el de Trump 2.0, se parece poco a la Francia del siglo XVIII, aquella de la Ilustración. Y, aunque entonces se captó la esencia de los delicados equilibrios entre los tres poderes, la pugna que mantienen en las democracias modernas es algo distinta. Desde el 20 de enero de 2025, cuando Trump estrenó el bolígrafo presidencial, su gobierno ha sido una exhibición permanente de órdagos encadenados a las funciones del Estado y un ejercicio constante de tensión de las costuras de los checks and balances, rebasando sus límites e invadiendo competencias ajenas. En sus primeras horas de mandato, el hombre de negocios reconvertido en presidente llegó a firmar veintiséis órdenes ejecutivas y alcanzó las 142 en los cien primeros días: sendos récords con aspiraciones legislativas, que amagan con erigir al Despacho Oval en un pseudo-Capitolio.

En una sociedad como la actual, atrapada por los partidos políticos y sometida a los vaivenes extremos de la polarización, el legislativo en Estados Unidos se asoma al precipicio de la irrelevancia y reduce su capacidad de control de los ritmos del sistema desde unos escaños que, en realidad, representan la más fiel voluntad popular. Y los ciudadanos estadounidenses, que no son ajenos a esta pérdida de poder directo, suspenden mayoritariamente la labor del Congreso, hasta en un 86%, según una encuesta de la consultora Gallup del mes de abril.

De aquella batalla originaria de poder a tres, ya solo quedarían dos. Y el verdadero pulso en la América del siglo XXI se libraría, en realidad, entre el ejecutivo y el judicial.

Una de las más firmes defensoras de esta teoría, la de la desaparición gradual del legislativo, es Jill Lepore. Profesora de derecho en Harvard y erigida en la voz autorizada del sistema constitucional de Estados Unidos, apunta a la propia Constitución del país, una de las más antiguas del mundo, como el origen de la disfunción actual. En We the people: a history of the us Constitution, Lepore sostiene que la vía de las enmiendas, el mecanismo previsto en la Carta Magna para actualizarse, ha quedado diluida por la falta de mayorías para impulsar los cambios y marca 1971 como el año clave: fue........

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