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Los cuadros

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30.03.2025

Juan pensó que las pecas rojizas del rostro de su madre habían desaparecido. Hizo un ademán, pero las esposas y las normas de sanidad que defendía celoso el guardia detuvieron el abrazo. No pensó que le importaría, pero sintió un golpe de soledad al mirar los brazos alargados e incómodamente delgados de su mamá. El olor agrio que brotó del cabello abandonado de Martha le recordó su perfume, que había soportado con dificultad y que ahora no estaba. La ausencia cerró su garganta.

–Estoy segura de que empezó unos meses antes, pero es que no me di cuenta sino hasta el lunes pasado. No, el antepasado –le aseguró su madre con una calma escalofriante–. Es que al principio una se distrae bien fácil. Todo es novedad. Emocionante. No ir al trabajo y que te paguen igual, poder hacer lo que quieras en cualquier parte del mundo y a cualquier hora, bueno, lo que quieras sin salir de tu casa. Pero luego por eso te aburres y lo nuevo se convierte en uno de esos parasiempres,algo así leí en el muro de Angélica: “La costumbre del ser humano forma parasiempres; en cambio la acción…”

Juan desvió los ojos. La intolerancia había comenzado hacía años como una lenta invasión napoleónica y ya era demasiado tarde. No soportaba a su madre.

–Al grano, sí, ya sé, aunque no entiendo tu urgencia. Él va a seguir muerto y a mí nadie me va a creer nunca.

Juan se paralizó. Esos días se sentía parte de una pesadilla ajena que lo involucraba. Martha era su madre y necesitaba creerle. En la habitación de paredes grises casi negras, el silencio le pareció un brazo que apretaba su cuello. Él va a seguir muerto y a mí nadie me va a creer. La sonrisa de Martha liberó el brazo que le quitaba el aire. Una sonrisa que, aunque parecía una mueca, le hizo sentir que todo estaría bien. Tosco, el guardia miró su reloj. Juan le ofreció a su madre un cigarrillo. Ella nunca había fumado y por eso sostuvo frente a sus ojos la cajetilla. Dejaría de parecer ese niño aferrado a su falda perfumada. Ofrecerle lo único que su madre repugnaba sería desconocerla y solo entonces podría disimular esa paz que la mueca de Martha le había dado. Una paz en la que ya no confiaba. Ella aceptó el cigarrillo y también el titubeante fuego de su hijo. Exhaló el humo en dirección contraria a Juan. Hasta en esos detalles su madre insistía en protegerlo y él se molestó. Cruzó una mirada cómplice con el guardia.

Disfrazaba su nerviosismo con cierta prepotencia y eso funcionaba bien con su esposa, con su jefe, con cualquiera excepto con Martha, quien siempre le respondía con ternura. Tal vez por eso, con suma delicadeza, rompió el silencio que padecía su hijo.

–Su ventana era una de todas esas que te aparecen en la pantalla. Sí, ya sabes de qué te hablo, los cuadritos en la computadora. ¿Cómo se llama? ¡En el Zoom! Todo lleno de personas medio dormidas. Imagínate, mire y mire cuadritos de otras gentes que también miran y miran –Martha soltó una carcajada que angustió a su hijo–. ¿Te acuerdas de que al principio no entendía nada? Te hubieras reído tanto con el primer taller que tomé. No sabía por dónde hablar, se me apagaba la cámara, me desconectaba sin querer. Una vez dejé el sonido prendido y no quiero saber qué tanto escucharon. Suerte que vivo sola –concluyó aliviada.

Juan recordó el día que se fue de casa. Mucho antes de que anunciaran que salir de casa significaría la muerte. Ahora la computadora ocupaba su habitación y una cantidad abrumante de cosas decoraba su estante sin juguetes: una caja de bufandas bordadas, fotocopias de cuentos subrayados, dos inicios de novela detectivesca, el cuaderno de alemán, el de dibujo, el de análisis de cine y en la parte más alta del mueble, la que no alcanzaba cuando era niño, ocho frascos de mermelada que le preparó en el taller de cocina. No, definitivamente no podría regresar a esa casa, cualquier motel sería mejor. Martha gimió, tiró el cigarrillo y acarició sus yemas quemadas por la brasa. Juan regresó al cuarto de visitas de la penitenciaría.

–Yo creo que por eso no lo noté antes. Demasiados cuadritos en cada clase y yo solo les pongo atención a los maestros, digo, para qué me voy a andar metiendo sino para aprender, porque luego hay unos que… Bueno, ese fue el primer día que lo vi. Juan, no te puedo contar el terror que sentí. Apagué mi computadora porque no supe qué hacer. Qué tonta, ¿no? Pero luego, luego la prendí de nuevo y traté de entrar a la clase para comprobar si lo que había visto era cierto. Tu mamá, aunque no lo creas, es valiente –dijo, con un tono de heroína infantil.

Juan........

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