La otra orilla
Los derechos humanos no son un premio para quienes nos resultan cómodos, ni una puerta que se abre según quién llame. Son la última orilla de quienes lo han perdido todo.
Estos días hemos visto imágenes de Ceuta que deberían preocuparnos a todos: personas hacinadas, calles convertidas en campamentos, suciedad y menores sin ninguna protección. Casi dos meses después de la entrada masiva del 30 de julio, cuando cruzaron desde Marruecos decenas de miles de personas, miles siguen durmiendo a la intemperie mientras se amplían a marchas forzadas los centros de acogida.
No se trata de negar la realidad ni, mucho menos, de defender el descontrol. Los adultos que entran de forma irregular deben ser identificados y registrados; cuando corresponda su devolución, esta debe hacerse con todas las garantías, y quien cometa un delito debe ser juzgado, sea cual sea su nacionalidad. Defender los derechos humanos no implica renunciar al cumplimiento de la ley: implica exactamente lo contrario.
Con los niños, sin embargo, la cuestión es distinta. La ley obliga a estudiar cada situación individualmente y a proteger su interés superior. No se puede ordenar su devolución como si fueran paquetes sin nombre y sin historia. Según los datos del propio Gobierno, hay más de mil quinientos menores ya identificados en Ceuta y cerca de un millar que todavía duermen en la calle.
Preguntas que merecen respuesta
Me pregunto por qué no se habilitaron desde el primer momento instalaciones........
