La lanza de Longinos
Richard Wagner comenzó a escribir su ópera Parsifal un Viernes Santo del mes de abril de 1857 impresionado por un viejo poema épico medieval sobre un caballero artúrico que buscaba el Santo Grial. Cada año, cuando llegan estas fechas, cada Semana Santa, mi corazón cofrade me convoca sentimentalmente a vivir apasionadamente la Pasión y volver a la fe popular entre la tradición y cierto folklore místico que fue creciendo desde la herencia familiar, procesiones y liturgia sacra.
Vuelvo a recuperar leyendas antiguas que anidaron en mi corazón adolescente, como la que se llamó la lanza del destino, que no es otra que la lanza con la que Cayo Casio Longinos traspasó el costado de Cristo cuando agonizaba en la cruz. De la herida salió sangre y agua, y dice la leyenda que en ese momento el centurión romano se dio cuenta de que el que moría crucificado entre dos ladrones era verdaderamente el hijo de Dios. Desde siempre me conmovió esta historia, como la del Santo Grial tan bien contada musicalmente por Wagner.
Regreso al Jueves Santo, a la procesión vespertina de mi pueblo, de Viveiro, que cuento en una de mis novelas, y a la emoción que me produce cada año el desfile procesional por las estrechas y empinadas calles, y miro al paso en el que 12 apóstoles tallados por Juan Sarmiento, un carpintero de Ribeira de San Ciprián que lo creó en 1908 utilizando de modelos a marineros del puerto costero. Dicen que la imagen de Judas es la de una persona que debía dinero, acaso las 30 monedas de su traición, al carpintero.
Y ante mí discurre solemne. En la mesa, un cabrito de madera preside el ágape junto a un plato de lechuga y dos postres y el vivariense pan de los apóstoles, completan el menú santo, mientras Jesús lleva en una mano el Santo Grial, el mismo que conmovió al compositor alemán.
En este caso no es de oro ni de plata ni se adorna con piedras preciosas. Es humilde, pero con un encanto entre campesino y marinero para mí difícil de olvidar. Reliquias de griales desde el de O Cebreiro o Valencia hasta los de Asia o Centroeuropa hay muchas como de la lanza de Longinos, iconos de la cultura mágica y del esoterismo, que como la música wagneriana obsesionaron al mismo Hitler.
Pero a mí lo que me emociona es la santa cena cuando desfila traspasando el lusco y fusco vespertino, cuando cada uno de los apóstoles con su mirada ingenua pasan a mi lado y desde su paso armónico me recuerdan mi pertenencia y mi vida entera, mientras en mi memoria se clava una vez más la lanza de la vida, la lanza de Longinos.
