Lío mental
Viktor Orbán el fascista, el dictador encubierto, encaja mal en el relato. Ya se sabía que iba a perder las elecciones a primer ministro en Hungría después de quince años de autoritarismo bendecido tanto por Putin como por Trump, y maldecido por las élites europeas. Total que, efectivamente, va y pierde. Algo nunca visto en los regímenes dictatoriales de cualquier signo. Desde cuándo alguien con semejante poder se deja ganar unos comicios o un referendo. Pero no solo pierde y por mucho, sino que lo reconoce inmediatamente, llama al vencedor y se va, como si Hungría fuera una democracia normal, aunque no comulgara con las corrientes mal llamadas liberales. El tío se va sin un aspaviento, sin una mala cara. Y luego está lo peor...
Le ha ganado un político en alza, joven y de buena pinta, que se llama Péter Magyar. Otro elemento que estropea el relato, porque es de centroderecha, casi derecha-derecha, y proviene del partido de Orbán. Ni progresista, ni woke, ni redentor de nada. Por eso las elecciones húngaras se han convertido para algunos en un asunto engorroso del que solo hablan si no les queda más remedio, o en clave: «Esto perjudica el discurso de Vox». Hay oficios tremendos.
Imaginen. La intelectual Yolanda Díaz retorciéndose en una entrevista radiofónica para esquivar la pregunta y reconocer lo que todo el mundo ve con sus ojos, salvo los miles de presos políticos chinos, que a lo mejor han tenido que donarlos. Voluntariamente, por supuesto: «China no es un régimen pluripartidista, pero está avanzando y consolidando el Estado de derecho». Por la «d» de dictadura no le sale nada para China, ni por la de derechos humanos. El fascista es siempre el otro. Rigor.
