A vida enteira
Cuando ya no sabía qué hacer consigo misma, empezaba a moverse por toda la casa buscando acomodo para sus huesos y, sobre todo, para su cerebro, tan «para allá», como ella decía. A veces, volvía a sentarse a mi lado y me hacía una seña para que le masajeara la cabeza. Le daba vergüenza pedirlo. En realidad, me limitaba a peinarla con los dedos, y eso la aquietaba. Ahora recuerdo mucho esos momentos. Se quedaba tranquila y en silencio un buen rato. Entre los mensajes que intentaron consolarme esta semana hubo uno muy bonito que decía: «Me imagino el dolor, pero también el gozo de que ahora está jovencísima, muy guapa, llena de alegría y de dones, para siempre». Se lo agradecí a mi querido Álvaro, antiguo alumno y amigo queridísimo, pero le dije que ella era muy coqueta y presumida y estará encantada de verse tan moza y tan guapa, pero a mí ya solo me gustaba así, viejita y arrugada, con esos ojos cada vez más tapados y oscuros que miraban con un cariño tan grande que parecía miedo. Intentaba quitárselo con besos, pero solo la llegada de don Luis con los últimos sacramentos la animó: se regaló una tarde habladora, y una mañana sonriente y festiva que me hubiera perdido si mi hermana no me la hubiera puesto en videollamada. Ahí me mandó con la mano sus últimos besos. Luego ya ni besar pudo. Llegaba y le preguntaba: «¿Hay besos para mí hoy?», y ella asentía con la cabeza, pero no podía dármelos, así que le besuqueaba toda la cara y la frente. Una vez conseguí entenderle: «E non veu a Conchiña?». Es mi hermana, que no se llama así, pero ella nos puso nombres nuevos desde niños y se mantuvo en su nomenclatura hasta el final. «Acaba de marchar. Pasou a mañá enteira, mamá». A vida enteira, podría haberle dicho.
