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Por qué no nos tocan

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10.04.2026

Habrán detectado que la crisis de la atención sanitaria ha traído una consecuencia epidérmica: los médicos ya no nos tocan. Lo frecuente ahora en una consulta es despachar el evento a ambos lados de una mesa, el paciente en un lateral y el doctor enfrente, con una pantalla de por medio y un interrogatorio tirando a breve en el que el experto evita el contacto visual con un énfasis que a veces parece timidez y otras, desdén. No quisiera yo poner un pero a la excelencia de la sanidad pública cuando es excelente, a los brutales recursos que destina a quien no podría pagarlos ni en cien vidas, a la delicadeza de tantos y tantas. Pero algo ha pasado con el ojo clínico, la observación de la languidez, la palpación del vientre, el tocamiento que ahora es muy difícil de encontrar.

Parece como si el avance de la tecnología hubiese despegado a los galenos de la piel, que encomiendan diagnósticos a máquinas alucinantes que a lo mejor podrían sortear extendiendo los dedos y metiéndolos bien en harina. En algunos casos, la aversión al roce y a la ojeada es tan flagrante que al cerrar la puerta de la consulta te sientes tan ignorada como si te hubiese atendido una rebarbadora o un motor de explosión, por citar dos máquinas muy eficaces.

Hace unos años, cuando en la crisis posterior al 2008 la Xunta dejó escapar a sus médicos más veteranos, uno de esos doctores, cuya sabiduría la soportaban millones de horas mirando a los ojos de sus pacientes, empujado por la vocación y el juramento hipocrático, pronosticó con tristeza una medicina con más máquinas y menos humanos. Acertó de pleno. Retirados los maduros de la circulación, los jóvenes compensaban sus lógicas incertezas diagnósticas con más aparatos. Que además son más caros. Y sobre todo más fríos.


© La Voz de Galicia