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La luna y los tambores

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05.04.2026

El pasado jueves, mientras gran parte de los españoles lloraban la pasión y muerte de Jesucristo y vestían capirotes o cantaban saetas desgarradoras, desde el centro Espacial John F. Kennedy, que cabe esperar que en breve pase a llamarse Donald Trump, salía disparado un inmenso misil cuyo destino no era la destrucción y la muerte, sino contemplar la cara oculta de la Luna. La nave del cohete ha dado ya una vuelta a la Tierra, y, como la honda de David, ha salido disparada rumbo al satélite. Si uno lo piensa bien, la Luna, con su teatral iluminación y su terca presencia, ha unido a los más de cien mil millones de seres humanos que han vivido contemplándola desde que el hombre es hombre, hace doscientos mil años. Incluso el martes próximo, cuando el cohete rodee el satélite (y los terraplanistas decidan si se expanden y se hacen lunaplanistas), en esta bola de aquí abajo ocho mil millones de personas podremos mirar la misma cosa y sentir la misma emoción nostálgica de aquel que ve una foto del pueblo de su infancia o de su familia ya desaparecida.

Las procesiones de Semana Santa se llenan de imágenes de vírgenes desconsoladas que compiten por ver quién despierta más devoción entre los fieles; y los cristos crucificados, reproducidos mil veces por los más extraordinarios escultores de la imaginería española, exhiben la representación descarnada de la tortura y la muerte cruel de un joven de treinta y tres años hace veinte siglos. Mientras suenan los tambores, el Artemis II se acerca a la Luna.


© La Voz de Galicia