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Los piratas del Caribe: un relato de Jaime Bayly

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30.03.2025

Cinco noches con sus días perezosos hemos pasado en la parte francesa de la isla de San Martín, celebrando el cumpleaños de nuestra hija, quien, aconsejada por sus amigas, eligió juiciosamente ese destino turístico.

Llegué tan cansado a esa isla que la primera noche olvidé colgar el pequeño cartel avisando a las mucamas del hotel de que no deseaba que entrasen a limpiar la suite. Temprano por la mañana, ellas entraron, no se amilanaron al verme dormido, roncando como un oso, y limpiaron la habitación y el baño, sin que yo despertase. Nunca me había ocurrido algo tan curioso. Al despertar pasado el mediodía, noté que la habitación lucía ordenada y el baño impecable, y por un momento pensé que mi esposa había aseado y adecentado todo, mientras yo reposaba, pero habían sido las empleadas quienes limpiaron mi cuarto mientras yo roncaba como un pirata ventrudo, jubilado. Poco les faltó para cambiar las sábanas y las almohadas de mi cama, estando yo dormido. Riéndome de lo ridícula que era mi vida, llamé a la recepción y pedí que no entrasen a limpiar durante nuestra visita.

La playa casi desierta nos esperaba como una promesa de ocio y libertad, a unos pasos de la suite. Era un territorio de ensueño, diseñado por unos dioses benévolos que duermen la siesta. A diferencia de otros mares caribeños, que suelen ser mansos y transparentes, y se distinguen por la calidez de sus aguas, la playa en San Martín, de arenas gruesas, rosadas, nos sorprendió por su mar frío y hondo, en el que perdías piso nada más entrar y te mecías con su oleaje suave, persistente. He conocido no pocas playas en el Caribe y a menudo me ha parecido que eran mares cansados, mares rendidos, mares fatigados de producir millones de olas, mares convertidos en piscinas de poca hondura, mares transparentes y por eso mismo previsibles y acaso aburridos. Pienso en las aguas del archipiélago de las Bahamas, en las de las islas Turcas y Caicos, en las de Punta Cana y Puerto Plata, en las de Isla Verde y El Condado, en las de Boca Chica, en las de Anguila y Santa Lucía, y me digo que en ninguna de esas playas encontré un mar tan espléndido como........

© La Tercera