La Amazonía colombiana (NO) elige
Todo lo que necesita saber sobre el poder, la deforestación y la biodiversidad en la región amazónica está en la Silla Amazonía.
2026 es un año clave para el bioma amazónico: tres de los grandes países amazónicos tienen elecciones durante este año y lo que está en juego en ellas, entre otras cosas, es el modelo de intervención (tal vez sería mejor que fuera el modelo de conservación y uso, más que la simple intervención) en una región que es clave, tanto por su tamaño relativo como por los servicios ecosistémicos que les presta a Brasil, a Perú y a Colombia.
Brasil, como casi siempre en el continente, es el caso único y particular: Pará, Amapá, Mato Grosso, Rondônia, Roraima, Acre, Tocantins y Maranhão conforman lo que se conoce como la Amazonía Legal brasileña, que cubre 5,2 millones de kilómetros cuadrados (el 61% del territorio federal), pero su inmensa población de casi 30 millones de personas y que representa alrededor del 13,8% del total nacional, hace de esta una región de importancia estratégica económica, ecosistémica… y también política.
Los casos de Perú y Colombia tienen similaridades importantes: en Perú, 10 departamentos amazónicos (Loreto, Ucayali, Madre de Dios, San Martín, Cusco, Amazonas, Junín, Huánuco, Puno y Pasco; algunos incluyen La Libertad) tienen una extensión total de 782 mil kilómetros cuadrados, cubren alrededor de 62% de la geografía nacional; mientras tanto, en Colombia, seis departamentos de un total de 32 (Guainía, Guaviare, Caquetá, Putumayo, Amazonas y Vaupés), más unas cuantas “punticas” en otros cuatro, tienen una extensión total de unos 480 mil kilómetros cuadrados, que corresponden al 41% del territorio nacional continental. Pero también grandes diferencias en la importancia relativa en la economía nacional: si, para el caso de Perú, la población total es de unos 8,5 millones de habitantes, que representan el 25% de su población, y entre ellos hay departamentos con gran peso poblacional y económico como Cusco, Junín o Puno, en Colombia, los seis departamentos amazónicos tienen una población de cerca de 1.200.000 habitantes (solo el 2,23% del total nacional) y son muy poco relevantes en el panorama económico general del país.
¿Por qué son importantes esos datos en este año electoral?
Por varios motivos: Porque, por ejemplo, mientras la Amazonía brasileña y peruana tienen un peso relevante en la vida social y económica de sus países, y una participación no despreciable en la toma de decisiones electorales, la colombiana suma poco en importancia económica, en población y, consecuentemente, en votos.
Vamos por partes: 30 millones de ciudadanos en un país, Brasil, de 210 millones no representa de ninguna manera un caudal despreciable de votantes e, incluso, tienen la posibilidad de cambiar una decisión electoral, como quién es elegido presidente. Y cuando ese presidente ha tomado decisiones que han permitido poner de relieve la importancia de la región en el concierto nacional e internacional (la COP de Belém do Pará, las herramientas para la reducción de la tasa de deforestación amazónica), uno esperaría, sin ser ni mucho menos un experto en política brasilera, que hubiera un potencial de apoyo a la continuidad de tales decisiones. Pero la política es tan compleja, y hay tantos intereses en juego en la Amazonía que los resultados son muy impredecibles.
Sin embargo, la Amazonía es, al menos parte de la agenda política, y es motivo de interés por parte de los políticos. Y hay visiones opuestas (al extremo) sobre lo que debe ser el desarrollo de la región, pero hay una discusión viva y permanente. Discusión que se enriquece porque en estas próximas elecciones, en octubre de este año, también se elegirán miembros del Congreso Nacional, gobernadores y miembros de las Asambleas legislativas estaduales, lo cual implica, simultáneamente, cambios en el gobierno federal y de los ocho estados amazónicos.
Sigamos, entonces, al otro extremo de las cosas (y me voy a saltar el caso peruano, que es una curiosa mezcla de los otros dos): en nuestro adorado país, las cosas tienen un precio muy diferente. Los escasos votantes de la Amazonía en una elección presidencial no representan casi ningún atractivo para los políticos (ni para los candidatos presidenciales, ni para los candidatos al Senado de la República), y un resultado de ello es su casi total ausencia física (porque las vallas sí que se ven y se sienten) de las ciudades y pueblos amazónicos, y ni hablar de los territorios indígenas aislados, en los que 10 o 20 votos no vuelven viable ni envidiable un viaje en lancha, dos o tres horas aguas arriba, y el riesgo de quedarse atrapado en algún aeropuerto amazónico, que nunca ha sido digno de mejoramiento de las ayudas de aeronavegación, a pesar de ser casi la única forma de acceder a la región.
La Amazonía colombiana tampoco existe como objeto de interés de las campañas políticas. No se menciona en el gran listado de promesas que hace el casi-tan-grande listado de candidatos que aún tenemos hoy, a 2 meses de la elección. No he oído la palabra Amazonía en boca de ninguno de ellos, y en esta afirmación caben candidatos tanto a la Presidencia como al Senado, con estos últimos casi todos provenientes de regiones no amazónicas del país.
Sabrá Dios (porque nosotros los viles mortales no lo hemos oído) qué proponen esos candidatos sobre la conservación y el uso sostenible del bosque y los ecosistemas amazónicos; sobre protección, respeto y profundización de los derechos de los pueblos indígenas y sus territorios; sobre bioeconomía, biotecnología y repartición justa y equitativa de los beneficios; sobre una verdadera estrategia de transporte intermodal; o sobre acceso a la energía sostenible en comunidades aisladas e incluso en centros urbanos no tan aislados.
Para rematar, la Amazonía no tiene la fuerza suficiente para elegir senadores provenientes de la región que pudieran impulsar sus iniciativas: que no se nos olvide que, de los 100 senadores elegidos por la circunscripción nacional ordinaria para el período 2022-2026, ninguno tenía origen amazónico; solo uno accedió a una curul, a la mitad del período, como reemplazo de otro senador del partido de gobierno que perdió su fuero por doble militancia.
No muchas más esperanzas me genera la elección de los representantes a la Cámara por cada uno de los departamentos amazónicos (dos por cada jurisdicción), porque han demostrado, con muy contadas excepciones, que a lo que menos se dedican es a generar oportunidades para sus regiones, y que son incapaces de construir una visión colectiva de la región o constituir un grupo en la Cámara que ejerza algún tipo de influencia sobre el ejecutivo. Como prueba de ello, los departamentos amazónicos siguen estando en el fondo de los rankings de necesidades básicas insatisfechas, pobreza, desarrollo humano y competitividad. Y algunos de los grandes avances para la región en materia de reconocimiento e inclusión, como la constitución de las primeras entidades territoriales indígenas en Amazonas y Vaupés, son fruto del trabajo continuo de organizaciones indígenas y organizaciones no gubernamentales comprometidas durante décadas con el desarrollo de disposiciones constitucionales claves como ésta.
Si bien las elecciones regionales, que se desarrollarán a finales del próximo año, son las llamadas a responder de manera más directa a las expectativas y necesidades de la población amazónica (lo que vemos ahora con los elegidos hace dos años no es la gran maravilla), no se logrará mucho si no se generan vasos comunicantes con las esferas de poder nacional que se eligen ahora, y si no hay un consenso más o menos claro sobre el rol que debe jugar la Amazonía en la vida del país.
Como ciudadano de este país y como alguien que en su trabajo está plenamente comprometido con el desarrollo de la Amazonía y sus comunidades, me entristece profundamente este panorama, porque más allá de reformas al sistema de salud, a la justicia y al sistema de pensiones, lo que quisiera escuchar de esos candidatos es que han decidido incluir a la Amazonía en su discurso diario; que reconocen la importancia estratégica de ese territorio, y que tienen claro que la Amazonía no es solo un territorio en disputa (que lo es), o un territorio de producción de droga, o de intercambios ilegales de oro, armas, especies de fauna y flora; y que, finalmente, piensan cambiar las declaraciones rimbombantes hechas en escenarios internacionales para cultivar aplausos por hechos reales y tangibles para el beneficio de las poblaciones amazónicas.
Así las cosas, queda en manos de nosotros los votantes, los ciudadanos, hacer el esfuerzo de reclamar que las campañas electorales desplacen su foco, así sea ligeramente, para que incluya esta región, y que los funcionarios elegidos, sean del nivel que sean, demuestren que están convencidos, o en el peor de los casos se convenzan en el proceso, de su importancia.
Yo deseo que en este tema nos parezcamos un poco más a Brasil y que, en estas elecciones, ¡los espíritus de los ancestros de la Amazonía, la protejan y nos protejan!
