Las dos casas
Antes de posesionarse, el presidente quería volver museo la Casa de Nariño y repartir el gobierno entre Barranquilla, otras ciudades y un palacio prestado en Bogotá. Aplaudí cuando lo escuché, y todavía creo que había algo que aplaudir: alguien prometía bajar el poder de la montaña. Llevo más de 30 años mirando la costa desde Bogotá, y quería creer que esta vez el poder se iba a descentralizar de verdad. Un mes después estaba sentado en la Casa de Nariño: no alcanzó a mudarse ni a unas cuadras.
La promesa se rompió rápido, y no por capricho. Se rompió porque el poder no vive donde uno decide gobernar, sino donde están los expedientes: el ministerio que firma, la corte que revisa, el Congreso que hace las leyes. Se gobierna con la gente que se tiene cerca, y esa gente, en Colombia, lleva dos siglos sentada en Bogotá. San Carlos no aguantó. No tenía la seguridad ni las comunicaciones para gobernar, menos después de un terremoto. El propio presidente confirmó la reversa en un video grabado en los mismos pasillos que había ofrecido convertir en museo. Caminar por la Casa de Nariño con su esposa, dijo, tenía “un significado profundo” y marcaba “una........
