La constitución como rehén
Hay una campaña que no es como las otras.
Es diferente a todas las demás porque va ganando en todas las encuestas, porque tiene los recursos del gobierno a su disposición, incluyendo los del sistema de medios públicos, con su persecución y sus mentiras, porque cuenta con el desprecio del gobierno por las reglas del juego y por la decencia, y porque ha decidido coger de rehén a la Constitución de 1991.
Es probable que la idea de la constituyente y de la destrucción del sistema político de 1991 (liberal, con economía de mercado y basado en el individuo y en sus derechos) haya empezado como una locura del presidente. Fue una locura que, sin embargo, pegó.
Sabemos que la locura de los líderes carismáticos es contagiosa: que no sólo son locos, sino que producen y transmiten la locura, que se les va como pegando a los demás. Y, aunque la idea de destruir la constitución empezó en los devaneos del presidente, fue poco a poco transmitiéndose a sus seguidores, empezando por Leyva, hace ya tantos meses, y por Montealegre, que propuso una constituyente desde China con un discurso medio maoísta. Y ya está en la cabeza del tercio petrista de Colombia.
En la constituyente petrista –que tiene la cara del presidente, que es para él, con circunscripciones especiales que pueden ser cooptadas por él, para que él pueda quedarse en el poder y para eliminar las barreras institucionales a su voluntad: para volverse él mismo dictador– se han montado otras fuerzas de izquierda que no necesariamente quisieran lograr en una constituyente lo mismo que el presidente. Son personas que también vieron con tristeza la caída del muro de Berlín y las primaveras democráticas que vinieron con el final de la Unión Soviética, que son escépticas del orden liberal, y que ven, en él, otro disfraz del capitalismo al que tanto desprecian. Son los viejos (y jóvenes) que comparten la esperanza de Manuel Pérez, el cura asesino, que en 1997 proponía una “convención nacional” que llevara a una constituyente para elegir a “un nuevo gobierno, una nueva forma de elegir gobierno, que nos permita cambiar también de estado”.
Desde que empezó a hacer campaña para ser presidente, hace ya varios años, Gustavo Petro ha hablado sobre la Constitución de 1991. Juró que no iba a apoyar ni convocar una constituyente (mintió) y también dijo que había sido miembro de la constituyente de 1991 (mintió, de nuevo). Pero desde hace por lo menos un año y medio, cuando su lenguaje, y el lenguaje de todo su gobierno se radicalizaron, la constituyente le ha servido al mismo tiempo como amenaza táctica y como proyecto utópico. Ha logrado proponerles a sus seguidores un sueño gaseoso de transformación definitiva.
Y, usando una táctica extorsiva, el presidente y sus seguidores han convertido a la constituyente en una amenaza. Algo así como que, si no nos aprueban esto, si no hacen esto que nosotros queremos, si nos investigan o nos juzgan, entonces nos va a tocar romperlo todo y hacer una constituyente.
Como viejos y curtidos extorsionistas, amenazan con destruir la Constitución de 1991 si no consiguen lo que quieren.
Es cierto que la campaña de Iván Cepeda ha tratado de atenuar esa intención constituyente del presidente. En la entrevista con Daniel Coronell, la minimizó diciendo que no será “una prioridad” de su gobierno. En una entrevista con El País, dijo, también, que no es “partidario a ultranza” de la constituyente.
Pero en su “programa de gobierno”, esa colección de discursos que publicó en un pdf, la constituyente sigue apareciendo como opción. Y, en los eventos de campaña de Cepeda (algunos pagados con recursos públicos y quizás llenos de gente puesta por el gobierno, como advirtió Roy Barreras), están recogiendo firmas para la constituyente.
(Recogen firmas para destruir la Constitución, a pesar de que los recién estrenados alfiles del cepedismo lo nieguen con mentiras).
Y, aunque quieran minimizarla, diciendo que no es “una prioridad” o que no la defienden “a ultranza”, aunque usen la sinuosa ambigüedad estratégica en la que son expertos, Cepeda y su campaña siguen amenazando con la constituyente. La senadora María José Pizarro ha dicho que si el Congreso pasa una reforma política y otras reformas sociales no habría necesidad de una constituyente. Lo mismo insinuó el senador Cepeda en la entrevista con Coronell, cuando dijo que, antes que una constituyente, él buscará un “acuerdo nacional”.
Detrás de esas declaraciones hay un interés electoral de acercarse al centrismo con cantos de sirena; cuentan con que nada conmueve tanto a un centrista como un izquierdista con buenos modales.
Pero también está la ya trillada fórmula de la amenaza velada y de la extorsión. En pocas palabras, Cepeda y Pizarro están diciendo, con un tono más decente, lo mismo que el presidente ha dicho antes: si se hace nuestra voluntad no hay necesidad de destruir la Constitución de 1991.
Pero sabemos que el disfraz, la simulación y la mentira caben también en “todas las formas de lucha”.
Ahora están vendiendo la necesidad de hacer un “acuerdo nacional” y no una constituyente. Pero eso es, precisamente, lo que es una constitución: un marco mínimo de reglas de juego para que las disputas se canalicen a través de formas e instituciones establecidas y pacíficas. Y son esas formas e instituciones, hechas en 1991, las que este gobierno y sus sucesores se han empeñado en quebrar y en destruir.
Son ellos los que quieren romper, con amenazas, el “acuerdo nacional” que ya tenemos, y que nos ha servido, y que ha cambiado con nosotros, y que zozobra cada vez que el presidente comete un desafuero y cada vez que sus seguidores se lo celebran.
Seríamos muy pendejos si creemos que una constituyente va a salir bien viniendo de un gobierno tan corrupto, tan oscuro, tan destructivo, tan centrado en la personalidad autoritaria de un líder como el presidente, que quiere reemplazar un pacto social amplio, un verdadero “acuerdo nacional”, por su voluntad ilimitada y descontrolada.
Cogieron la constitución de rehén para satisfacer a un pirómano. Y, cuando hablan de la constituyente, con lo que amenazan, al final, es con quemarlo todo.
