Balanza con truco, por Marco Avilés
Cuando era niño —en los años locos de Alan García, Sendero Luminoso y Alberto Fujimori— la aventura de comprar en el mercado solía terminar inevitablemente ante la temible balanza “pata de gallo”, esa gárgola de metal que gobernaba el mostrador de las tiendas con un aura demoníaca y dictatorial. Sus designios eran inapelables. El vendedor ponía el arroz o las menestras en el plato, equilibraba unas pesas y enseguida la balanza emitía su veredicto. Aunque parecía un procedimiento técnico, todos en el barrio sabíamos que muchas de esas balanzas tenían truco, estaban manipuladas. El nuestro era un mundo mágico donde el kilo de pollo podía pesar ochocientos gramos y donde las caseras te desplumaban con dulzura pidiéndote que vuelvas pronto, corazón.
Varias décadas después, en el Perú del 2026, el mercado electoral de la segunda vuelta ha renovado la desconfianza en las balanzas, en especial desde que muchos analistas, periodistas y operadores indican que esta sería la herramienta más adecuada para decidir entre la ultraderecha limeña de Keiko Fujimori y la izquierda provinciana de Roberto Sánchez.
El argumento parece convincente: la historia habría puesto al Perú en la encrucijada de dos horrores milimétricamente equiparables. Entonces, si pesamos con prudencia riesgos y prontuarios, la balanza sabrá decirnos quién es el menos malo: si la hija del último dictador o el hijo político del vacado y encarcelado Pedro Castillo. El politólogo Alberto Vergara asegura que ambas opciones representan corrientes golpistas similarmente peligrosas y recomienda que la ciudadanía elija a “su mal menor” en silencio, sin hacer alarde de su decisión, pues básicamente cualquiera da lo mismo.
Siguiendo esa estrategia, el excongresista Alberto de Belaunde evaluó el Keiko vs. Sánchez y comenzó poniendo en la balanza el perfil psicológico de la candidata. “(Ella) no aceptó perder las elecciones de 2016”, escribe en una columna reciente. “Ese berrinche político fue el detonante de una década de inestabilidad, enfrentamientos y oportunidades desperdiciadas. Un país entero pagó el precio de ese ego”. Por si fuera poco, añadió, el partido de Fujimori capturó casi todas las instituciones independientes, desde el Tribunal Constitucional hasta el futuro Senado; además, Fujimori esgrime un doble discurso nefasto que le permite defender en público programas populares como Beca 18 mientras sus parlamentarios lo destripan como buitres en las catacumbas del Congreso. El fujimorismo, concluye De Belaunde, “funciona más como una secta que como una organización democrática”.
En el otro plato de la balanza las cosas no parecen mejores. Sánchez “reivindica el régimen de Pedro Castillo”, explica De Belaunde sobre ese expresidente que, al filo de la vacancia, “intentó un golpe de Estado (...) con un discurso calcado........
