Un reflejo de la sociedad
Decía mi madre que convenía tener en casa un médico y un cura. Un doble sortilegio con que paliar los achaques físicos y, llegado el momento, ablandar la severidad de san Pedro. No le hicimos caso. En compensación, asumo con resignación las ya frecuentes visitas reparadoras del cuerpo y, en asuntos del alma, añado con gusto la ocasional compañía de algún sacerdote. En ocasión reciente, mi compañero me daba cuenta de las numerosas vocaciones religiosas que la inmigración hispanoamericana lleva a los seminarios y riega ya las parroquias. Mi amigo, satisfecho con esta realidad, le restaba a la vez importancia. “Somos un reflejo de la sociedad”, decía.
Este “reflejo” no ha dejado de reverberar en mi cabeza. Si la Iglesia........
