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Y lo peor, lo más grave, no son los delitos

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09.06.2026

Hubo un tiempo en que millones de españoles quisieron creer. Creer que había llegado una nueva política. Creer que, tras años de corrupción, clientelismo y degradación institucional, alguien había entendido por fin el hartazgo ciudadano. Se habló de regeneración democrática, de ejemplaridad, de feminismo ético, de transparencia y de superioridad moral frente a los viejos partidos. Se construyó un relato cuidadosamente diseñado: ellos no eran como los demás. Y quizá precisamente por eso la decepción actual es mucho más profunda. Porque cuando un partido convierte la ética pública en bandera, cuando utiliza la corrupción ajena como arma electoral permanente y cuando se presenta ante la sociedad como moralmente superior, cada escándalo posterior destruye mucho más que una imagen: destruye la credibilidad entera de un proyecto político.

La realidad ha terminado derrumbando el relato. Ahí está José Luis Ábalos, antiguo número dos del Gobierno y figura central del sanchismo durante años, cercado políticamente por un escándalo que jamás debió rozar a un Ejecutivo que presumía de ejemplaridad. A su lado emerge Koldo García, convertido ya en símbolo nacional de todo aquello que supuestamente venían a erradicar: intermediación opaca, relaciones turbias, favores cruzados y redes personales de influencia funcionando alrededor del poder político.

Y entonces aparece Víctor de Aldama. Un empresario situado en el epicentro de conversaciones, contratos, relaciones y presuntas conexiones que siguen proyectando una sombra devastadora sobre el Gobierno. Cada nueva información conocida agrava la sensación de que alrededor del poder socialista se ha instalado un ecosistema donde empresarios, asesores, intermediarios y dirigentes políticos........

© La Región