Controlar el Estado desde la corrupción y la impunidad
Hay ideas que, por incómodas, conviene examinar con detenimiento. Una de ellas es la que sostiene que el control del Estado puede llegar a ejercerse, no a pesar de la corrupción y la impunidad, sino precisamente gracias a ellas. No se trataría de una desviación accidental del sistema, sino de una herramienta para conservar el poder, orientar voluntades y consolidar redes de dependencia. En una democracia sana, las instituciones están diseñadas para limitar el poder. La separación de poderes, la independencia judicial, los órganos de control, la libertad de prensa y la rendición de cuentas existen para impedir que quien gobierna pueda actuar sin límites, es decir, aplicar en su máxima expresión el concepto de gobernanza. Sin embargo, cuando la corrupción se convierte en una práctica estructural, esos contrapesos comienzan a deteriorarse. El objetivo ya no es servir al interés general, sino preservar una estructura de poder que se alimenta de favores, silencios y lealtades compradas.
La corrupción tiene una característica especialmente peligrosa: genera dependencia. Quien participa de ella queda atrapado en una red de intereses compartidos. El nombramiento irregular, la adjudicación discrecional, el trato de favor o el uso partidista de los recursos públicos crean vínculos que sustituyen el mérito por la obediencia. Poco a poco, la........
