Las rejas de la fábrica de chocolate
La prueba es muy sencilla. Hay que perderse por las costuras de la ciudad, por cualquier barrio al azar. Basta asegurarse de llevar los pies a buen paso y el corazón tranquilo. La tranquilidad es importante para que el ojo esté suelto, independiente del andamiaje de carne y pensamientos. Dejemos que sea él quien se detenga, permitiéndole posarse en los detalles definitivos. Si el ojo no está contaminado de modernidad hiperprocesada, si aún conserva las conexiones que enlazan con un alma buena, se quedará para examinar un edificio, o un portal o el resto de una tapia. Este ojo tranquilizado siempre escogerá lo que la ciudad ha abandonado a su suerte, las ruinas o las candidatas a ruinas, las casas vaciadas y clausuradas, las calles donde sobrevive algún árbol a medio amputar, allí donde se consigue soñar con la vida en calma de antes, cuando los vivideros aún no habían transmutado en autopistas de vertiginoso........
