Cuba libre: después de tanto para llegar a nada
En el imaginario progre, Cuba es esa isla que resistió ante la bota del imperialismo yanqui a pesar de tragar miseria y de jinetear propinas. A cambio, alardeaba de una sanidad mentirosa con pacientes apilados en los pasillos, enfermos de todo y muertos de miedo. No hubo quien hiciera cambiar de sueño a un camarada español, así lo pidiera Cabrera Infante o Reinaldo Arenas, a quien dieron por todos los culos, antes y después de entrar en prisión, por ser homosexual, hasta morir de amor, o de sida. El lamento intelectual no bastó para que miles de admiradores sostuvieran La Habana como un edén en el que florecía la solidaridad y el mulateo. Menudos cabrones, mientras estaban en sus casas españolas con la nevera llena, allí se moldeaban el estómago a base de colchones de pago. No tienen tanto tiempo para pedir perdón los bardenes, los Willy Toledo, en fin, toda esa pandilla de cómplices de un régimen asesino que duerme tranquila porque un día creyó que estaban, esa cursilada, del lado correcto de la historia.
Durante sesenta y cinco años se han acunado masacres y agitado la propaganda de tal manera que una tapaba a la otra. Cuba era una cuestión de fe. Quien creía en ella lo hacía sin necesidad de ver nada más. Bastaba con rezar a Castro.
Hoy, tantos días después, aquella farsa se tambalea sin el macho alfa que sembró la estirpe del mal. Asoman en los balcones banderas estadounidenses aguardando algo que les dé de comer, un estribillo de Silvio Rodríguez, un rabo de nube que sea como un pollo de Carpanta. Ninguno de los equivocaditos musita un lamento salvo para ajusticiar a Trump, ese leviatán y en Moncloa no ha llegado la hora de ponerse de lado de otra dictadura. No tardarán en escupir el fuego que delata su impostura.
En 1985 José Miguel Ullán dirigía un programa llamado Tatuaje en la TVE felipista, altavoz de la Movida y todo lo que oliese a contracultura. Allí mostró un documental anticastrista titulado «Conducta impropia» que firmaba, entre otros, el director de fotografía Néstor Almendros. El poeta Virgilio Piñera confesó a Juan Goytisolo que fueron 60.000 los detenidos por esa conducta impropia que, según Fidel, era consecuencia de los males del capitalismo. En los días y las noches del Orgullo politizado se recuerda la represión que desembocó en las marchas de Stonewall de 1969 o los vagos y maleantes de Franco. Ni una palabra sobre las cárceles cubanas. La izquierda no se indigna por los apagones sino que siente un aliento de melancolía por el comunismo que no pudo ser.
