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La ilusión del salvador: cómo las sociedades fabrican a sus propios verdugos

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04.04.2026

La elección de malos líderes no es un accidente. Es un patrón, y lo peor, es un espejo incómodo de lo que realmente somos como sociedad.

Los humanos no elegimos necesariamente a los mejores. Elegimos a quienes nos tranquilizan. A quienes nos dicen lo que queremos oír. A quienes ofrecen respuestas simples a problemas complejos que ni siquiera entendemos del todo y en ese acto —aparentemente inocente— abrimos la puerta, una y otra vez, al autoritarismo, a la mediocridad y, en los peores casos, a nuestra propia destrucción.

Un ejemplo cotidiano es el candidato que promete “acabar con la delincuencia en 90 días”. Suena bien. Es imposible. Pero gana aplausos. ¿Por qué? Porque calma la ansiedad, no porque sea viable.

Nuestro cerebro no está diseñado para la democracia moderna. Está diseñado para sobrevivir. Frente al miedo, no buscamos verdad; buscamos certeza. No queremos líderes complejos, queremos líderes que parezcan firmes, seguros, inquebrantables… aunque estén vacíos por dentro. El cerebro no vota con lógica; vota con miedo.

Por eso prosperan los discursos simplistas. Porque pensar es difícil, pero creer es fácil.

Siempre aparece una distorsión peligrosa porque no se elige al más capaz, se elige al más parecido. Al que habla como uno, al que “siente” como uno, al que no incomoda. En ese proceso perverso, la ignorancia deja de ser un defecto y se convierte en una credencial  política. El que sabe demasiado genera sospecha. El que no sabe, pero grita fuerte, genera identificación.

Cuántas veces........

© La Razón