Argentina, anestesiada entre dólares y vacaciones
Pasar de comentarista radial y televisivo, entre gritos e insultos escénicos, a presidente exige suerte considerable. Pero hacerlo prometiendo arrasar con la corrupción de las “ratas miserables” y los “zurdos de mierda”, para acabar rodeado de indicios graves de corrupción y premiando a quienes llamaba engendros de la casta, exige una aleación menos confesable. Requiere un liderazgo mercenario, capaz de cruzar normas sin pudor; varias vidas del gato para sobrevivir a cada escándalo, y la construcción calculada de un loco lúcido, una criatura de la desmesura que convierte el desborde en prueba de autenticidad.
Pero un personaje así no se sostiene solo por su audacia. Necesita un país dispuesto a mirar de lado. Una sociedad a la que tantos años de descreimiento, irresponsabilidad económica y corrupción kirchnerista parecen haberle rebajado la vara moral hasta reducirla a una pregunta elemental sobre quién garantiza unos meses de respiro, quién mantiene en pie la ficción de una prosperidad, aunque sea prestada.
Porque la calma existe. Negarlo sería torpe. Javier Milei devolvió cierta previsibilidad, ajustó el gasto, reabrió expectativas de inversión y sofocó la inflación. No son logros menores en un continente acostumbrado a gobiernos que compran fervor con déficit y lealtades con mentira monetaria. Sería deseable celebrarlos sin reservas.
Pero........
