Zaragoza y el mapa más polémico del mundo
El viernes pasé todo el día en la plaza del Pilar de Zaragoza. Fui invitado por el Ayuntamiento de la ciudad a participar en una emocionante lectura pública de mis obras y aproveché la circunstancia para acercarme a un enigma que se custodia a pocos pasos de allí, y que también tiene que ver con los libros.
Es una historia curiosa. En octubre de 1964, la Audiencia Territorial de Zaragoza condenó a un ciudadano napolitano, Enzo Ferrajoli, a ocho años de cárcel por la sustracción sistemática de volúmenes antiguos e incunables de la biblioteca de La Seo. Entre 1952 y 1960, ganándose la confianza de sus custodios, este anticuario de 51 años sustrajo 583 tomos de la catedral, por un valor de tasación de la época de más de trece millones de pesetas. El saqueo fue tremendo. Ferrajoli no devolvió nada, colocando sus presas en diecinueve universidades extranjeras, algunas tan prestigiosas como Duke, Yale o Pensilvania, que no hicieron ascos a aquellos tesoros de procedencia «desconocida».
Una Biblia Políglota Complutense, una Lógica de santo Tomás de 1496, o una Filosofía de Aristóteles de 1497, junto a otras importantes joyas impresas, se expatriaron sin remedio. Ferrajoli -un cavaliere de aspecto pulcro, bien educado y sin antecedentes- estaba particularmente interesado en obras que tuvieran que ver, de un modo u otro, con América. Dos de las que sustrajo, la Historia Tartarorum y el Speculum Historiale, despertaron enseguida su codicia. Ambas habían formado parte de la Exposición Universal de Madrid de 1892, con motivo del tercer centenario del Descubrimiento de América, y resultaban particularmente atractivas para sus clientes de ultramar. Eran del siglo XV, de pergamino grueso, y narraban gestas viajeras. La primera contaba las peripecias del franciscano Juan de Plano Carpini en la Mongolia del Gran Khan; la segunda era una temprana enciclopedia del siglo XIII compilada por el dominico Vicente de Beauvais. Un antiguo alumno de Yale, heredero del Mellon Bank, filántropo y criador de purasangres, se encaprichó con ellas y las donó a su Biblioteca Beinecke de libros raros y curiosos.
Pero el misterio nunca estuvo en el robo, ni en los -hasta ahora- estériles esfuerzos para conseguir su restitución a La Seo. El misterio descansa en el arrancado de páginas de esos tomos para la falsificación de un mapa que la Universidad de Yale presentó en 1965 como la prueba irrefutable de que los vikingos habían pisado el Nuevo Mundo antes de Colón.
El mapa en cuestión, un parche de pergamino de 27,8 x 41 centímetros, mostraba una reproducción del Mediterráneo, del norte de África y de las costas atlánticas europeas, y frente a ellas un fragmento de tierra muy al oeste, en el que se lee que Leif Eiriksson lo había bautizado como Vinlandia Insula. De ese texto se deducía que navegantes nórdicos zarparon de Groenlandia hacia el año 1000 de la era cristiana y alcanzaron las costas de Terranova, la península del Labrador y la bahía de Hudson, mucho antes que los españoles.
La presentación del mapa levantó un revuelo mundial. Oportunamente, su publicación coincidió con las excavaciones que desde 1960 realizaban arqueólogos noruegos en L’Anse aux Meadows (la ensenada de las medusas), al norte de Canadá. Allí, el equipo de la doctora Anne Stine Ingstad recuperaba casas de adobe, hornos y cobertizos de indudable manufactura vikinga, y empezaba a entenderse que debían de formar parte de un asentamiento levantado a principios del siglo XI. Yale quiso entonces dar un golpe de efecto y presentó el mapa como la primera prueba documental de aquella expedición. Además, lo hizo en vísperas del Día de la Hispanidad, para dar mayor relevancia si cabe -y buscar mayor daño reputacional- a la historiografía colombina.
Lo llamativo de este lío es que la credibilidad del mapa no ha hecho sino caer en picado desde entonces. Aunque el pergamino se dató por Carbono-14 como una pieza de principios del siglo XV -de hecho lo era-, en el verano de 2002 los Laboratorios Nacionales Brookhaven de Arizona demostraron que la tinta con la que se había dibujado Vinlandia era diferente a la del resto de costas euroafricanas del documento. Eso apuntaba a que la «isla americana» se habría añadido a un boceto copiado quizá de un mapa de Andrea Bianco de 1493. Pero su espectroscopio aún reveló algo más: la tinta del añadido contenía anatase, la forma menos común del dióxido de titanio, un compuesto que no se sintetizó hasta 1923 y que demostraba que Vinlandia había sido dibujada en el siglo XX.
Todo apunta a que alguien con acceso a la biblioteca Beinecke usó los libros robados por Ferrajoli en Zaragoza para crear uno de los falsos históricos más grandes de la cartografía. Por desgracia, los libros sospechosos de suministrar el pergamino para el fraude son solo dos de un conjunto de treinta y siete, todos sustraídos de Zaragoza, que aún guarda Yale y que ahora -merced al recientísimo hallazgo de copias microfilmadas de algunas de esas obras, en el Servicio de Reproducción de Documentos de los Archivos Estatales de Madrid-, están siendo reclamados a la Universidad americana.
Fantaseo, pues, con el día que la Historia Tartarorum y el Speculum Historiale regresen a la plaza del Pilar y pueda examinarlos con mis propios ojos para ver de dónde salió la hoja que tuvo al mundo engañado con una prueba cartográfica de América anterior a Colón.
La historia da, como poco, para una película.
Javier Sierra es premio Planeta de novela y autor de La ruta prohibida
