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Lecciones de un dios llamado John Frum

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23.02.2026
Lecciones de un dios llamado John FrumBarrio

Lo de los «forasteros misteriosos» me tiene hipnotizado. Por todas partes encuentro relatos que los describen: desde los ángeles que visitaron a Abraham camino de Sodoma, a esa vaporosa mujer que se presentó en la tienda de George Washington justo antes de su decisiva batalla en Valley Forge contra los británicos. Da la impresión de que sus apariciones han servido para cincelar poco a poco nuestro mundo, como cuando Robert Johnson inventó el blues en Clarksdale, Mississippi, después de que uno de «ellos» se le manifestara en un cruce de carreteras y le enseñara a tocar la guitarra. O cuando los principales artífices de las independencias americanas, como José de San Martín, hablaron de unas misteriosas reuniones con «superiores desconocidos» que marcaron el destino del continente. Por lo general, se trata de cuentos añejos, manoseados por el paso del tiempo, que dejan flotando en el aire la sensación de que nuestro devenir es mecido por manos sutiles. Por «forasteros misteriosos», en la acertada expresión acuñada por Mark Twain en la última de sus novelas.

El pasado 15 de febrero se celebró en la isla de Tanna, en los mares del Pacífico Sur, la última fiesta dedicada a uno de estos intrusos. Como cada temporada, ese atolón de veinte mil habitantes se engalanó para invocar el regreso de un desconocido que hace ochenta y cinco años llegó a sus playas prometiendo librarles de los colonos europeos. Cuando pisó Tanna en 1941, los nativos esperaban la inminente arribada de un libertador que les traería, además, riquezas del cielo. Un chamán local, Kahu, fue el artífice de la profecía. Entonces parecía un augurio más, una visión sin importancia, pero con la llegada de la Segunda Guerra Mundial al Pacífico, los Estados Unidos cumplieron el vaticinio sin querer. Sus aviones tomaron la isla a modo de estación de avituallamiento y empezaron a lanzar en paracaídas decenas de contenedores a sus costas. Cargamentos de ropa, bisutería, armas, equipos de radio, cervezas y coca-colas asombraron tanto a los locales que no dudaron en celebrar la llegada del mesías anunciado por Kahu, al que enseguida llamaron John Frum. Muchos soldados se llamaban John y venían «frum América», así que reconocerlo entre tanta tropa se les hizo imposible. Pero no se desanimaron. Según las predicciones de su brujo, el libertador era un hombre de cabello blanco, acaso un espíritu de formas cambiantes que habría desembarcado en la playa de Green Point. De ese modo, Frum se convirtió, para horror de los misioneros cristianos, en su nueva divinidad, pulverizando el célebre lamento de Nietzsche de «casi dos milenios ¡y ni un solo Dios nuevo!».

Pero aquel supuesto ser supremo se esfumó rápido. El maná llegado a bordo de grandes cajas con la palabra «cargo» impresa sobre ellas se cortó con el fin de la guerra, dejándolos otra vez huérfanos y pobres en mitad del océano. Fue entonces cuando los jefes locales decidieron plantar banderas de los Estados Unidos para invocar su retorno. Nació así un movimiento de resistencia anticolonial que derivaría en independencia política, pero también en una novísima fe en la que el tal Frum empezó a manifestarse cada viernes, a través de ritos en los que algunos jóvenes bebían licor kava y entraban en trance para canalizar sus mensajes.

Desde 1945, sus ceremonias llegan al paroxismo cada 15 de febrero. Los vecinos cargan con mosquetones de bambú que afilan para hacerlos parecer bayonetas, se pintan «USA» en el pecho con pintura roja y desfilan en sus plazas ante insignias estadounidenses. No es un carnaval, es un acto sagrado. De hecho, la semana pasada volvieron a hacerlo. En otras islas, en las que también se recibió el «cargo» durante la guerra, todavía procesionan aviones de caña para atraer al dichoso Frum. La singularidad de esta creencia llega al punto de haber elevado al difunto Felipe de Edimburgo a reencarnación del volcán Yasur. ¡Han estado décadas rogándole para que mediara con el «buen John» para traerles las riquezas prometidas!

Toda esta folie casi desconocida en Occidente no es sino la consecuencia del brutal contacto de una cultura tecnológicamente superior con otra primitiva. Los antropólogos llaman a este fenómeno «culto cargo», y su perduración en el tiempo confirma temores expresados hace décadas por gurús de la ciencia ficción como Arthur C. Clarke. El autor de 2001: Una odisea espacial no se cansó de advertirnos, en clave extraterrestre, que cualquier tecnología superior que nos encontremos en el futuro será tomada por magia, y que algo así no tardaríamos en convertirlo en una nueva observancia religiosa. Los cultos cargo lo anticipan con claridad. Cixin Liu –el moderno Clarke chino– ha sugerido recientemente ese efecto en su novela El problema de los tres cuerpos, reavivando el arquetipo de los «forasteros misteriosos» como motor de cambios culturales radicales al estilo de los del culto a Frum.

¿Cómo no me va a fascinar todo esto? Lo que está ocurriendo en las islas de la moderna república de Vanuatu esconde una lección que conviene no olvidar: la imposición cultural nunca es inocua. Y otra más desconcertante aún: esas imposiciones suelen venir de la mano de «extranjeros misteriosos», de maestros que irrumpen, desaparecen a la francesa y después se mitifican. Yo mismo he recurrido varias veces a esa idea en alguna de mis novelas. Pero esto no es ficción. Es una realidad que se nos escapa. ¿Dónde está el evanescente señor Frum para explicárnosla?

Javier Sierra, es premio Planeta de novela y autor de «El maestro del Prado».


© La Razón