El «no a la guerra» y el nuevo orden mundial
El problema de utilizar electoralmente el «no a la guerra» es que tiene una fecha de caducidad. En pocas semanas veremos si le es útil o no a Sánchez. A Trump le encanta la retórica belicista y los excesos verbales. Es algo, como estamos viendo, consustancial a su carácter y su peculiar forma de ver la política. No es un empresario tradicional, sino un negociante y un especulador acostumbrado a vivir inmerso en una permanente montaña rusa. Es algo que aplica ahora a su gestión al frente de Estados Unidos. Hay que partir de la base de que solo le importa ganar y que es capaz de hacer lo que sea para conseguirlo. No hay que ser un gran analista para ver los paralelismos con el líder del PSOE. No tienen ningún escrúpulo y no les importa mentir con tal de conseguir el poder y mantenerse en él a cualquier precio. Y coinciden en su falta de empatía, que es tanto su mayor fuerza como su mayor debilidad. Esto hace que puedan pactar con cualquiera, decir una cosa y la contraria y ser a la vez enormemente simpáticos o antipáticos.
Trump ha comenzado una guerra que no puede perder bajo ninguna circunstancia. Es lo mismo que la invasión rusa de Ucrania. No son acciones iguales, pero tanto Putin como el presidente de Estados Unidos necesitan vencer. Por su parte, Netanyahu tiene como objetivo acabar definitivamente con un enemigo y sus aliados que ponen en riesgo la misma supervivencia de Israel. Es bueno recordar que generación tras generación se mantiene el conflicto, aunque ahora es solo por el respaldo de Irán a los terroristas de Hizbulá y Hamás. Hace tiempo que se podría haber alcanzado una paz duradera en la región, pero el régimen criminal, corrupto y tiránico de los ayatolás lo hace imposible. No parece que Trump esté dispuesto a dejar las cosas a medias y tampoco sabemos la capacidad de resistencia real de Irán, porque todo indica que la destrucción de su estructura militar ha sido enorme. Es habitual escuchar o leer análisis en medios de comunicación que aseguran el fracaso de Trump, aunque decían lo mismo sobre Putin. No pretendo comparar al líder de una democracia con un déspota y autócrata, sino constatar que no parece que Rusia esté perdiendo la guerra de Ucrania, desgraciadamente, como muchos auguraban.
Es fácil recordar la inconsistente retórica victoriosa de Sánchez augurando el próximo final del conflicto bélico. Lo mismo se puede decir de cuando se insistía en que Rusia estaba sola o no tenía capacidad para aguantar una guerra duradera. En ambos casos, Ucrania e Irán, se parte de la base de pensar que la única opción que barajaban dos de los mayores y más poderosos ejércitos del mundo era una victoria rápida y total. Por tanto, al no conseguirse, estaríamos ante una derrota. He sido siempre escéptico con esta teoría que actuaba como un efecto placebo para tranquilizar la conciencia europea. Ucrania e Irán han estado siempre dispuestos a luchar, ya que llevan siglos haciéndolo. La Historia es muy útil para entender el presente, como se pudo ver con los fracasos ruso y estadounidense, aunque con aliados, en su intento de controlar Afganistán. Centenares de miles de muertos y un gasto militar colosal para no conseguir nada.
Trump lleva días advirtiendo que la única opción de Irán es la rendición o la conducirá a la Edad de Piedra y desencadenará un infierno sobre ellos. Es cierto que las anteriores operaciones de Gaza y Venezuela, más las humillaciones de Petro y Sheinbaum, fueron más rápidas y exitosas. Con el tema de Groenlandia consiguió su objetivo; nunca pensé que pretendiera invadirla como sucedió en el siglo XIX con Cuba y Puerto Rico. Al final, lo que se trata es obligar a los socios de la OTAN a que paguen la factura de su defensa y que no sea a costa, en gran medida, de los contribuyentes americanos. Las guerras son muy impopulares para las democracias, ya que vivimos en un régimen de opinión pública y nadie quiere pagar el coste económico y en vidas humanas que comporta. Tras la derrota en Vietnam, es algo que saben muy bien los presidentes estadounidenses. A mayor duración, más desastre electoral para el inquilino de la Casa Blanca.
La situación del estrecho de Ormuz es un problema global y era una consecuencia previsible del conflicto si no se alcanzaba una victoria rápida que comportara la rendición de la teocracia iraní. En el caso de que Estados Unidos consiga resolver satisfactoriamente el conflicto bélico, tanto la OTAN como Europa tienen un problema. Es difícil que se olvide lo sucedido. Trump ha manifestado siempre su desinterés por el viejo continente. Su interés se centra en América y la zona del Pacífico. Por cierto, es una opción bastante lógica y coherente con la búsqueda de la prosperidad estadounidense. En demasiadas ocasiones se olvida cómo se formó Estados Unidos, con inmigrantes que huían de las persecuciones, las guerras y la miseria en Europa. Sánchez se mueve, como otros líderes europeos, en visiones cortoplacistas sin entender que un mundo mejor pasa por parar los pies a Irán, que en manos de los ayatolás es un peligroso elemento de desestabilización en una zona que es una frontera de la UE. Lo mismo se puede decir de Rusia cuando se creyó que era un país acabado tras la caída del Muro de Berlín y se podían afianzar las fronteras incorporando a Ucrania por el Este. Se olvida de que Putin es un digno heredero de un monstruo como Stalin. Me gustaría mucho que este país estuviera en la UE y la OTAN, pero es una de esas injustas líneas rojas que existen en la política internacional. No creo que el «no a la guerra» de Sánchez le sea útil más allá de su estrategia cortoplacista de supervivencia.
Francisco Marhuenda. De la Real Academia de Jurisprudencia y Legislación de España. Catedrático de Derecho Público e Historia de las Instituciones (UNIE)
