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Gobernar sin enfrentar

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22.02.2026

En España ha resurgido una realidad: convertir el conflicto en método de gobierno. No se trata de que haya lógicas discrepancias, sino de que la confrontación pase a ser el eje alrededor del cual se organiza la acción política. Cuando eso ocurre, la gestión queda en segundo plano y la política se transforma en una sucesión de batallas simbólicas que erosionan la confianza y dificultan la resolución de los problemas reales, siendo lo más grave cuando la tensión se alimenta desde el que tiene la obligación política de gestionar. España ofrece en los últimos años varios ejemplos de esta dinámica, el debate en torno a la ley de amnistía vinculada al proceso independentista catalán es un claro ejemplo, so pretexto de normalizar la situación en Cataluña se ha generado una insoportable tensión en toda España. Algo similar sucede con la cuestión de la financiación autonómica. La posibilidad de modelos singulares o ajustes en el reparto de recursos entre territorios debería abordarse desde criterios técnicos y de equidad, pero con frecuencia se presenta como un pulso político que alimenta agravios comparativos y dificulta la construcción de un consenso estable sobre un asunto estructural para el funcionamiento del Estado. La política fiscal tampoco ha escapado a esta lógica. Las discusiones sobre impuestos extraordinarios, armonización tributaria o reformas del sistema se formulan a menudo como enfrentamientos irreconciliables entre modelos económicos, alguno de ellos muy alejado de la eficiencia, sostenibilidad y efectos distributivos. La simplificación del debate en términos binarios favorece la movilización política, pero empobrece la calidad de las decisiones. En materia migratoria, la tensión es igualmente evidente. El fenómeno se convierte en un instrumento de confrontación partidista, lo que dificulta adoptar soluciones de largo plazo y transmite a la sociedad una imagen de improvisación permanente. El problema de la vivienda constituye quizá el ejemplo más claro de cómo un desafío estructural puede quedar atrapado en marcos de enfrentamiento. El debate se ha deslizado hacia una narrativa de antagonismo entre propietarios e inquilinos o entre mercado y regulación, lo que complica avanzar hacia soluciones equilibradas. Cuando el desacuerdo se convierte en estrategia, las instituciones corren el riesgo de percibirse como escenarios de disputa permanente en lugar de espacios de servicio público. Gobernar implica tomar decisiones en contextos de incertidumbre, negociar con actores diversos y asumir costes políticos. Requiere priorizar resultados sobre relatos y mantener una mirada de largo plazo que trascienda la lógica electoral inmediata. Cuando la política se orienta principalmente a movilizar a los propios mediante la confrontación con el adversario, se produce un desgaste progresivo de la confianza pública y se reduce la capacidad del sistema para abordar desafíos complejos. La polarización es un fenómeno que se retroalimenta cuando todos los actores encuentran incentivos en mantener un clima de tensión, pero especialmente cuando se alimenta desde quien tiene que gobernar, convirtiéndola en su exclusiva estrategia política. Romper esa dinámica exige liderazgo y una cultura política que valore el acuerdo como expresión de responsabilidad, no como signo de debilidad. En una sociedad plural como la española, la discrepancia es inevitable y necesaria. Pero una cosa es discrepar y otra gobernar desde la confrontación constante. La ciudadanía no espera unanimidad, pero sí espera que quienes ejercen el poder sitúen la resolución de problemas por encima de la disputa permanente. La fortaleza de una democracia se mide, en última instancia, por su capacidad para gestionar los conflictos sin convertirlos en fracturas. Gobernar sin enfrentar no significa evitar el debate, sino conducirlo con sentido institucional y vocación de integración. Cuando la política recuerda que su función es resolver y no dividir, el sistema se fortalece y la sociedad avanza con mayor estabilidad y confianza.


© La Razón