menu_open Columnists
We use cookies to provide some features and experiences in QOSHE

More information  .  Close

Velázquez, buen pintor y mal suegro

17 0
18.03.2026

Lo que se ha descubierto del genial sevillano supera a «Torrente, presidente» y da idea de la desmedida ambición que sostenía al mejor pintor español de todos los tiempos. Una carrera no se alfombra solo de talento. Tan empeñado estuvo en dibujar el aire de «Las hilanderas», de manera que pudiésemos sumergir la mano en él, como en consolidarse en su puesto de pintor de la corte. Con un denuedo criminal.

Pues, señor, se enamoró su joven hija Francisca del oficial de su taller, Juan Bautista Martínez del Mazo, y para qué queríamos más, le dio con ello al padre el disgusto del siglo, pues tenía pensado para ella un matrimonio muy superior. Tenía Francisca 14 años y el novio 27 cuando Velázquez sacó a la chica de Madrid y la escondió en Sevilla, en casa de su abuelo materno, Francisco Pacheco. Juan Bautista denunció los hechos y reveló que habían pasado dos noches juntos y se habían dado promesa de casamiento. La criada Inés García ratificó los hechos. De nada sirvió; la muchacha no aparecía. Tuvo que trasladarse a Sevilla, donde continuó la causa judicial y la buscó sin éxito donde los abuelos, en casa de una tía y hasta en un convento, no me digan ustedes que aquí no hay materia para una de Víctor Hugo. Finalmente, desesperado, se dirigió a la Inquisición para reclamar impedimento sacramental. Ahí ya pinchaba hondo, porque Pachecho era veedor del Santo Oficio y buena parte de sus emolumentos provenían del plácet que daba a cuadros y esculturas de monasterios e iglesias, velando que se ajustasen a la doctrina y el decoro. Aun así, hasta que no se le excomulgó y amenazó con embargo total de sus bienes, Francisca no se presentó ante el juez. Acompañada de su madre y una esclava, negó todo ante los tribunales. Desconcertado, el juez dictó entonces que se la separase de la familia y se la trasladase a Madrid bajo custodia del escultor Martínez Montañés. Finalmente, el 15 de agosto de 1633, la muchacha reconoció que había dado palabra de matrimonio y lo había negado por presiones de su familia. La boda tuvo lugar el 21 de agosto en la parroquia de Santiago de Madrid. Juan Bautista, entonces sí, se convirtió en ujier de cámara gracias a su corrido suegro y empezó una substanciosa carrera a la sombra de los reyes, llegando a heredar el cargo de Velázquez a su muerte. Ambos mantuvieron una estrechísima relación, incluso tras el fallecimiento de Francisca, en un parto. Tuvieron diez hijos, de los que cinco sobrevivieron e hicieron feliz al abuelo terco y trepa. Es mérito haber desentrañado el culebrón, de los historiadores Patricia Manzano y Mario Zamora.


© La Razón