Hora de bailar
Matilde acaba de cumplir trece, su gesto parece pedir un silencio que urge: dos pozos negros hundidos en una cara angulosa donde la infancia se resiste a morir del todo. Seño, yo no quiero hablar, me susurra al oído, justo cuando intentamos iniciar una actividad colectiva, con esa voz que no sube ni baja, un hilo tenso que podría romperse con un soplo. Su cuerpo flaco parece haber olvidado cómo crecer. No tiene a nadie del otro lado, solo el recuerdo de noches en las que el frío no era solo del clima.
Sus ojos no guardan un secreto de esos que el cine ilumina con gracia; tienen miedo, el miedo seco de los relatos sin adornos, miedo al mundo de allá afuera. No es la frase de un mal best seller, es el peso en dos palabras: “allá afuera”. Estamos en un hogar transitorio que cobija a treinta niñas y adolescentes rescatadas de crueldades no imaginables, de esas en las que se vende lo que se cría.
Ella mira fuerte, aunque esquiva, y yo me quedo quieta, midiendo el peso de mi presencia. No tienes que hablar si no quieres, quedate acá, cerquita mío, le digo, y la frase sale más torpe de lo planeado, pero es un puente improvisado sobre su silencio. Quién diría que ese sería el preámbulo de un baile que vendría después.
Tras el portón, el viento alteño muerde los vidrios con silbido áspero; adentro, un calor que la física no logra explicar. Los abrazos duran lo que un suspiro largo, —aunque todas sepamos que el tiempo no fluye igual para unas que para otras—. Aquí las horas se estiran devolviéndote al silencio de las sobrevivientes; ni las palabras, ni las fechas podrían abarcar el limbo. Quizás dé lo mismo hablar que callar, o quizás debemos callar para que sea el cuerpo el que hable.
En el hogar también está Cecilia, la niña de la trenza torcida sobre el hombro; en la esquina del frente, Reina, vendida por su madre a un vecino. Hay una de once años, robusta y callada, con uñas pintadas de un rosa chillón imposible de no ver; otra de doce, pecosa y con sonrisa tentativa que asoma y se retrae. Está la que baila como ninguna, la que no para de tejer. Están las hermanitas también, cruzaron más de una frontera antes de ser rescatadas.
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Matilde apenas se movió unos centímetros, seguimos lado a lado. Aprovechamos una pausa en el rumor del hogar y empezamos una conversación. ¿Qué es lo que más extrañas?, sale de mí cual forastera, y su boca se abre apenas, la voz sale en un hilo: a mi mamá que murió el año pasado y también ir a la escuela. Mamá y escuela, dos palabras cayendo al vacío. Acá estoy bien, continúa, voz plana como el altiplano, afuera no tengo a nadie, por eso tengo miedo cuando me hablan de la reintegración. ¿Y usted?, replica de golpe, girando la cabeza mientras mide mi sorpresa; tras una pausa respondo: extraño un dulce que mi mamá hacía con la leche que se cortaba porque vivíamos en un lugar donde hacía muchísimo calor; pero también extraño…
Hora de bailar, nos interrumpen con una palmada seca. Formamos tres grupos en el salón rectangular; a nosotras nos toca cueca. Con una espesa capa de timidez que se funde con la música, Matilde se pone frente a mí. Fingimos pañuelos en mano y bailamos: sus pies diminutos, firmes en el cemento. El ir y venir del ritmo dictan: paso al frente, mirada esquiva, vueltita con giro de cadera, zapateo rápido, quiebre en la quimba; el cuerpo que se tensa y se suelta. Por un instante la cueca parece alinearnos: su espera y mi llegada, su pregunta y mi silencio.
Me despido de ella, la abrazo fuerte; de Cecilia; de Reina; de las hermanitas. Las miro desde la puerta y me viene aquella frase de William Faulkner en su novela “Las palmeras salvajes”: Entre la pena y la nada, me quedo con la pena. Subo al minibús que traquetea por la empedrada avenida.
El ir y venir de la cueca no es huida, sino regreso. Hasta pronto Matilde.
*Es comunicadora social, poeta y feminista.
