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Las Belarras exportan su estilo a Nueva York

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18.02.2026

Mientras el señorito, en lugar de devolver la seguridad jurídica al mercado inmobiliario y desatascar la Ley del Suelo, fantasea con ingentes promociones de vivienda pública que, dicho sea de paso, tardarían casi medio siglo en solucionar la escasez actual, que el Banco de España sitúa en más de 700.000 pisos, nos llega como agua fresca desde más allá del Atlántico Alexandra Ocasio-Cortez, la gran esperanza blanca de los demócratas estadounidenses para volver a la Casa Blanca y adalid de lo woke desde una olvidada o mal entendida raíz puertorriqueña. A sus 35 años, Alexandra ha debido beber del estilo de nuestras Belarras, de esa manera de entender la política desde una superioridad moral e intelectual absolutamente interiorizada que no sólo hace las delicias de los viejos caimanes de los periódicos y de los catedráticos de Instituto, bregados, estos últimos, en la lucha contra las hormonas adolescentes; de vuelta, los primeros, del estudio entomológico de la tardo adolescencia en la política española, sino que nos lleva a algunos, que ya tenemos una edad, a rememorar hermosas experiencias de la vida que apetece compartir con los amigos. Aunque, dónde va a parar, los registros de nuestras Belarras son mucho más amplios, la Ocasio-Cortez promete con intervenciones tan extraordinarias como la de corregir al secretario de Estado, Marco Rubio, cubano de origen que sí conoce y respeta sus raíces, que había expuesto en la Conferencia de Múnich una verdad inobjetable, que la cultura vaquera de Estados Unidos procede de España, para destacar lo que une a Norteamérica con Europa más que lo que separa. Y, como una Belarra más, va la Ocasio-Cortez y suelta un «será con permiso de los mexicanos y de los afroamericanos, que algo tendrán que decir», demostración supina de que lo que natura no da, Instagram no presta, aunque se tengan nueve millones de seguidores. No es cuestión de remontarse a la prehistoria americana, cuando los ancestros de la indiada se comieron los caballos hasta extinguirlos, para explicar a la dicharachera gringa sobrevenida, que son los peores, que fuimos los españoles los que reintrodujimos el caballo en América y que, con él, también llevamos el ganado mayor y el menor, la ganadería porcina, las aves de corral y el uso práctico de la rueda. Que los mexicanos actuales son descendientes de aquellos españoles y, por lo tanto, conservan la cultura vaquera española, ya más folclórica que económica, y que, en efecto, hubo vaqueros negros, como hubo conquistadores negros, pero que nada tiene que ver la cultura africana con el acarreo a caballo del ganado. Explicarle a la Belarra gringa que no hay nada más hollywoodiense que ver una vacada en el pinar de Jábaga, en Cuenca, comenzar la trashumancia, con los vaqueros a caballo y los carromatos de provisiones; ni nada más familiar para un español que esos viejos en Janos, el antiguo presidio virreinal en Chihuahua, antiguo centro de comercio con los apaches, sentados en los porches, con sus sombreros, botas altas y chaquetillas, esperando para una gestión oficial o, por seguir con lo mexicano, acercarse a Tres Castillos, donde el general Joaquín Terrazas acabó en 1880 con la última partida notable chiricahua, la que mandaba el jefe Victorio, tras desbandar la caballada de los indios y obligarles a combatir hasta agotar la munición. Por cierto, entonces, Puerto Rico todavía era España y en esa isla tan bonita se han criado siempre los mejores caballos de paso fino. Por si la Ocasio-Cortez quiere saber algo de su estirpe, que no creo.


© La Razón