menu_open Columnists
We use cookies to provide some features and experiences in QOSHE

More information  .  Close

Cualquiera tiempo pasado fue mejor

24 0
18.03.2026

De las coplas de Manrique a su padre muerto, uno de los versos más conocidos dice que «este mundo es el camino / para el otro, / sin pesar, / mas cumple tener buen tino/ para andar esta jornada / sin errar». Me volvió a la memoria mientras veía en bucle la intervención parlamentaria de Ione Belarra en la que se refirió al empresario Juan Roig, el de Mercadona, como «ese ser despreciable» que, a su juicio, tenía el monopolio de la alimentación y saqueaba a los consumidores desde su posición de dominio. Lo del bucle me vino a raíz de una búsqueda en internet sobre Podemos, a cuenta de sus resultados electorales en Castilla y León, donde la formación morada obtuvo menos votos que un outsider como Alvise. Es cierto que el mayor activo de Ione e Irene Montero, las Belarras, es ese desgarro a lo Carmen de España, la que se hacía tirabuzones con las bombas que tiraban, en Cádiz, los gabachos, que nos retrotrae tanto al voluntarismo trágico de una Agustina de Aragón –donde, por cierto, también se han quedado sin representación parlamentaria– como a los brindis al sol de los viejos demagogos de la Restauración, pero, también lo es, que sin el buen tino para no errar de Manrique, hasta a la mejor folclórica política se le ve la tramoya. Porque la gente que hace habitualmente la compra, las amas de casa, los jubilados con la sempiterna bolsa bajo el brazo y los solteros de ambos sexos, tienen constancia cabal de lo que ha supuesto la inflación en la cesta básica y, al resto, nos lo explican. Saben que Mercadona tiene precios y servicios razonables, con marcas blancas competitivas, y que no opera en un vacío de competencia, sino todo lo contrario, pues son más de una docena las grandes cadenas que se disputan el mercado, por no contar con el comercio de barrio. Si hablamos de números, y una diputada que se apresta a llamar «miserable» a una persona desde la inmunidad de su escaño debería estar al tanto, los «enormes» beneficios de la empresa de Juan Roig se traducen, después de costes, salarios, mantenimiento de las instalaciones y los rejones fiscales del Gobierno, las comunidades y los ayuntamientos, en apenas cinco céntimos por cada euro de facturación, lo que no parece mucho. También debería tener tino a la hora de repartir las culpas y añadir a los precios los componentes políticos de una carga fiscal sobre el empleo desmesurada y que no ha dejado de crecer en la última década; de unos costes inducidos –sanitarios, medioambientales, sociales– sobre el transporte, la Industria alimentaria y el sector agropecuario que distorsionan el mercado y, por fin, de los lastres que se derivan de una ideología como la suya, que lo mismo sirve para cargarse el mercado del alquiler que para destrozar las bases de la producción de electricidad, saturar la Sanidad o arremeter contra la industria de la Construcción.

Quiero pensar que detrás de los batacazos electorales de Podemos, de Sumar y de Izquierda Unida no está sólo el voto útil al PSOE, sino la percepción ciudadana de que hasta el populismo más señero tiene un límite. Aunque, eso sí, es una suerte que las Belarras no respondan a la lógica de los mercados, porque con los resultados obtenidos deberían presentar la dimisión y, hay que reconocerlo, nada nos gusta más que una Carmen de España o una Agustina de Aragón.


© La Razón