‘El acorazado Potemkin’ y el Día de la Felicidad
Archivo - El presidente de Cuba, Miguel Díaz-Canel, en una imagen de archivo / Europa Press/Contacto/Sergei Bobylev - Archivo
A Leandro y todos mis alumnos cubanos, pronto llegará la libertad
Escribo estas líneas en la festividad de la Felicidad, así con mayúsculas, como debe ser para celebrar el propósito de la vida, un día después de la emisión del clásico del cine mudo El acorazado Potemkin (1925), de Serguéi Eisenstein, y uno antes de hacerme eco de las palabras del mago de la política actual, las primeras en las que se avizora seriamente la completa liberación de la Perla de las Antillas, cuando sentenció que Cuba pronto caería. Por supuesto, me he vestido de «revolucionario» –la barba ya la traigo de casa–, porque, como diría Laurence Sterne, en su famosa obra de la Vida y opiniones del caballero Tristram Shandy (1759-1767), «un hombre no se puede vestir sin que con él se vistan al propio tiempo sus ideas» (vol. IX, capítulo XIII). Así que aquí me tienen a punto de escribir en clave marxista, la única posible ante el seguro advenimiento de la libertad en los confines de los hermanos Castro.
Se está a la espera, conforme al ideario de la parroquia comunista, de la negación de la negación, la última de las fases conocidas del ciclo dialéctico de Hegel con las que confirmar las tesis del barbudo de Tréveris. Claro está que un revolucionario al estilo germánico hubiera visto las cosas de manera diferente, quizás una mirada menos complaciente o tragicómica, pero lo cierto es que somos hijos de la tierra, lo que para el caso significa que este improvisado revolucionario sale a la calle en chancletas y guayabera midiendo, eso sí, los pasos con indisimulada prudencia. Enseguida noté un no sé qué, algo que me recorría el cuerpo, una pulsión tal vez, que me hacía sentir que lo mío era mío, pero también lo de los demás. Confuso como estaba, sólo atinaba a definir un deseo atávico y feroz por apropiarme de las carteras de los que me rodeaban. Me apresuré a imaginar que me había invadido, sin yo saberlo, la cacareada superioridad moral de la que tanto presumen las gentes de izquierda y que, por aquella extraña razón, las arcas del Estado eran, a su vez, una sucursal de mi propia entidad bancaria.
Han tenido que transcurrir muchos años, décadas para ser exactos, para que alguien haya decidido que lo de los cubanos merecía la atención del mundo. Un señor de la América del Norte, tan alérgico a las revoluciones como a las maravillosas guayaberas, ha dicho que muy pronto se ocuparía del asunto. Y así, poquito a poquito, como quien no quiere la cosa, este que firma, convencido revolucionario ya, siente sobre sí una certeza descomunal, la aportada por la conciencia de la pertenencia a una clase, ese factor determinante para que la lucha de los oprimidos se materialice. Es la clase de los desharrapados del régimen, los que sufren los apagones diarios, los que no disponen de las medicinas necesarias para que sus hijos y mayores recobren la quebrada salud, los que apenas cuentan con qué sobrevivir, como los marineros rusos en la nave de Eisenstein, a los que se les ofrecía carne infectada de gusanos para que la comiesen, mientras les hacían ver su aparente salubridad, creyéndolos ciegos a la verdad. Son los mismos que, a todas horas, escuchan las consignas de los de arriba, estrechamente vigilados por los comisarios políticos de turno.
De la conciencia de clase se pasa a la transformación social, según el catecismo marxista-leninista, o, lo que es lo mismo, el sistema genera sus propias tensiones hasta derivar en un conflicto que sólo se resuelve por la revolución, ya que, para los seguidores del comunismo, la historia lo es por la lucha incesante entre los de arriba y los de abajo. Qué curioso que sea la propaganda del régimen la que le haga caer a plomo al aplicar, punto por punto, la biblia roja, el conocido Manifiesto comunista de Marx y Engels (1848). De este modo, piensa este interino de la revolución, que el comunismo es vencido por el comunismo. Pero, hay una salvedad importante: de la dictadura castrista no se entra directamente en el «paraíso comunista», sino se llega a la democracia liberal. ¡Bendita historia que, para volver a la libertad, ha de transitar necesariamente por su negación!
Esta es la única revolución posible en Cuba, la de los creyentes en la Superhistoria de Gómez de la Serna, la que «va más allá de la historia estampada». Sólo un hispano entiende este galimatías, que tenía obsesionado a Carlos Marx, y sólo nosotros, los que hablamos la lengua de Cervantes, somos capaces de llevarlo a la realidad. Ojalá el pronóstico de Trump se confirme cuanto antes, puesto que el pueblo antillano, aunque avezado en la miseria de un régimen podrido, se merece la felicidad. Así sea.
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