Al Teide subí, caray…
Vista aérea de Las Cañadas del Teide, bajo la que se están registrando decenas de terremotos desde febrero. / I love the world
Me acuerdo de los primeros años de la vida en mi casa, cuando mi madre mandaba a mis hermanas a cuidarme en las noches en que ella temía que el asma pudiera serme más dañino. Ellas hacían de su encuentro nocturno un momento de risas y de fiestas, porque siempre encontraban que mi madre era una exagerada.
«¡Al chico no le pasa nada, má!» le gritaban a mi madre, que les decía, por tanto: «¡Vénganse pa la cocina!» Luego, en la noche cerrada, venían los gritos de las chicas, de mi hermano, de mis padres, cuando me tenían que sacar al patio despavoridos porque Juanillo, que era yo, se estaba ahogando de muerte.
Después del ahogo, que duraba para ellos más que la noche misma, me llevaban de nuevo al cuarto y me ponían a dormir como si no hubiera pasado nada. Viví esos tiempos con una enorme angustia por parte de ellos, y con una incertidumbre propia aliviada tan solo por los cuidados que me regalaban mi madre y las chicas cada vez que sentían que cualquier cosa podía pasar.
Desde entonces ese recuerdo está adormecido. Ellos lo adormecieron cuando el asma estaba latente y luego, cuando ya pasó aquel tiempo tan borroso, porque ellas no querían por nada del mundo que alguien me lo recordara. La razón de ese silencio fue en principio una noticia que nunca quisieron darme tal como ocurrió: la muerte de mi prima Juanilla, que murió una de aquellas noches en las que ella, asmática como yo, ya no pudo resistir aquellos ataques que nos marcaron las noches.
Fueron a avisar a mi madre, que en seguida cerró el pestillo porque por nada del mundo el chico, este chico, tenía que saber ni de la naturaleza de la muerte ni de la........
