La responsabilidad de los demócratas (y II)
En la columna pasada dije que hay quienes piensan que la democracia resulta hasta inaguantable; y también que conviene hacer-se preguntas complejas: comprender por qué quienes resultaron elegidos para representar al pueblo, terminan abandonando su responsabilidad moral y no cumplen con lo que se comprometieron; o el por qué hay medios de comunicación que no se atreven a asumir posturas críticas a los gobiernos.
Se dice que en nuestro país los ciudadanos pueden decir todo lo que se les antoje; no obstante, los rumoreos que se dan en las calles se pierden, porque los gobernantes no los escuchan. Entonces, ¿verdaderamente en dónde se dan las conversaciones que cambian el destino de los ciudadanos y realmente quiénes asisten a debatir estos asuntos? Todo parece indicar que tales conversaciones no se dan precisamente en el Congreso; cuando se llega allí, mucho o casi todo está “pactado”. Aquí comienza la democracia a desaparecer.
Aquí, de lo que se trata es del poder. La ciudadanía debe develar siempre la verdad, en el sentido, como lo decía M. Foucault, de comprender que la verdad siempre está ligada circularmente a los sistemas de poder que la producen y la mantienen. Poder y verdad no existen de manera independiente. Cabría entender la verdad como un conjunto de reglas que determinarían lo verdadero de lo falso, y se une a los efectos políticos del poder. No es un simple asunto epistemológico, es un problema del régimen discursivo. Plantea Foucault que el poder, por un lado, niega, prohíbe, oculta, excluye; y, por el otro, puede concebir, producir, y generar verdad.
Digo que la principal responsabilidad de la ciudadanía es asumir una posición crítica frente al poder (sea cual sea éste); y tiene que ver tanto sobre el cómo ejercer el derecho la libertad de expresión, como el abordar temas de interés público. La ciudadanía debe asumir posturas pensadas, moderadas, contundentes, significativas; y articular las voces de una conciencia de Nación a través de las palabras; debe ser fuerte no sólo en lo moral, sino también en la defensa de una ética de la dignidad humana; y no aceptar las posturas de aquellos que no quieren ser molestados con cuestiones de justicia social y derechos humanos.
La democracia se sostiene, por un lado, cuando existe la posibilidad de conversar institucionalmente la redistribución del ingreso; por el otro, cuando se previenen los conflictos armados; y, finalmente, con la protección de los derechos de la ciudadanía. Y en Colombia precisamente estos tres elementos están amenazados. De hecho, la democracia no sobrevive en cualquier contexto. El que se vive actualmente oprime, reduce, limita el derecho a la vida digna y a convivir de manera pacífica.
La formación política de los ciudadanos no se puede separar de la ética ni de la moral. El sentido de la humanidad empieza con el cuidado del otro, de la otra. El otro, la otra es una voz, una palabra, una escritura, una memoria, una historia. Como bien lo dice Joan-Carles Mèlich, la ética se da porque los seres humanos somos finitos, vulnerables, contingentes; surge la ética porque yo debo responder por el otro/la otra, mucho más allá de la biología, de la ley o de la normatividad social. Y este filósofo barcelonés insiste en que la ética existe porque el poder no debe tener la última palabra: el horror del sufrimiento de padecer una vida indigna no la puede tener el poder. La responsabilidad es mantener una esperanza activa para resistir los tiempos difíciles, estos por los que en Colombia se viven: complicados, complejos, difíciles.
