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Bodegas: el asedio silencioso a la democracia

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En una ocasión, Steve Jobs comentó que cambiaría todo su imperio tecnológico por una tarde con Sócrates. No era una frase ligera. En medio de pantallas, algoritmos y velocidad, entendía algo esencial: el problema no es la información, es la verdad. Hoy, en la Colombia preelectoral del 2026, esa reflexión resulta urgente. Vivimos sumergidos en la era de la postverdad: un escenario en el que no importa lo que es cierto, sino lo que logra imponerse emocionalmente.

La postverdad no discute, sino que reemplaza; no argumenta, sugiere; no demuestra, repite. Es una trampa psicológica simple y devastadora: “si lo creo, es verdad”. Y cuando ese mecanismo se vuelve colectivo, la realidad empieza a diluirse. En el debate público colombiano esto ya es evidente. Se justifican errores con comparaciones irrelevantes, se manipulan cifras, se crean narrativas paralelas. Si los hechos incomodan, se reemplazan. Si la realidad contradice la ideología, se ignora. Pero este fenómeno no es exclusivo de Colombia. Lo estamos viendo a escala global con una claridad inquietante. 

Recientemente, el presidente Donald Trump arremetió contra el papa León XIV por insistir en algo que, hasta hace poco, parecía indiscutible: que la guerra no es el camino. Lo que debería ser un llamado ético universal -la defensa de la vida y la paz- fue convertido en motivo de confrontación. No se debatió el contenido del mensaje, sino que se descalificó a quien lo pronunciaba. La verdad dejó de ser evaluada por su valor moral para ser filtrada por la lógica de bandos. Ese es el verdadero síntoma de nuestro tiempo.

Detrás de esta distorsión operan las llamadas “bodegas”: estructuras organizadas de desinformación que no buscan informar, sino modelar la percepción. Son ejércitos invisibles que amplifican rumores, distorsionan hechos y construyen realidades artificiales con una eficacia inquietante. Su estrategia es clara: no convencer al ciudadano, sino alterar su emoción. Generar miedo, indignación o euforia. No importa si el contenido es falso; basta con que parezca verosímil y se repita lo suficiente.

Así se fabrican percepciones sobre la realidad del país: se distorsionan decisiones de gobierno, se exageran errores y se construyen narrativas diseñadas para influir en el electorado. Pero el objetivo principal es otro: manipular la intención de voto. Se elevan artificialmente candidatos en las encuestas, no por su capacidad o trayectoria, sino por la fuerza de una estrategia digital bien orquestada. La democracia deja de ser una elección informada y empieza a parecer una puesta en escena.

Y en ese terreno, la democracia se vuelve frágil. Porque una sociedad que no distingue entre verdad y mentira deja de decidir con libertad. Empieza a reaccionar, no a pensar. Se convierte en una masa emocionalmente dirigida.

El fenómeno tiene consecuencias profundas. Se instala una cultura superficial, en la cual la opinión pesa más que la evidencia. En la que la presión digital comienza a influir incluso en decisiones que deberían estar blindadas por la justicia y la razón. En la que se pierde la valentía de llamar a las cosas por su nombre.

Estamos hiperconectados, pero cada vez más desorientados. Y hay un elemento aún más inquietante: la comodidad. La postverdad no solo engaña, también seduce. Nos permite quedarnos en nuestro bando, evitar el esfuerzo de cuestionarnos, proteger nuestras creencias sin someterlas a la realidad. Es una forma de ceguera voluntaria. Por eso funciona, pero también por eso es peligrosa. Defender la verdad hoy exige coraje. Existe una “espiral de silencio” en la que muchos prefieren callar para evitar el linchamiento digital. Sin embargo, cuando el silencio se vuelve la norma, la mentira encuentra el camino despejado. No podemos delegar la realidad.

Ser ciudadano en este momento histórico implica una responsabilidad concreta: contrastar, verificar, pensar. No compartir lo que no sabemos si es cierto. No amplificar el ruido. No ceder la conciencia a la presión del grupo. La verdad no se mide en likes. Puede ser incómoda, impopular, incluso solitaria. Pero es el único terreno firme sobre el que puede sostenerse una sociedad libre.

Las bodegas pueden fabricar tendencias, pero no pueden sostener la realidad indefinidamente. Tarde o temprano, lo verdadero se impone. La pregunta es cuánto daño estamos dispuestos a tolerar antes de exigirlo. Porque cuando un ciudadano renuncia a su juicio para seguir el eco de una mentira repetida, deja de ser libre. Y cuando eso ocurre, ya no hacen falta cadenas: basta una mentira bien repetida para gobernar a un pueblo… y hacerle creer que sigue siendo libre.


© La Patria