Orlando Viera-Blanco: Una carta para mí... desde otros tiempos
“Tu padre, médico, te enseñó con su ejemplo que la vida se honra sirviendo, que aliviar el dolor ajeno es una forma de trascendencia. Tu madre convirtió el hogar en un santuario donde la honestidad no se predicaba, se respiraba”
Si alguna vez me escribiera una carta a mis 17 años, ¿qué le diría a ese otro yo —hecho mayor y en el exilio— sobre lo vivido, lo que vivirá o lo que vive, sin pretender alterar el curso de mi propia vida?
No hay mejor manera de reflexionar sobre el ser, la cultura y el país que te vio nacer, que hablando contigo mismo sobre lo que [te/nos] ocurrió en las últimas cuatro décadas. En esa carta de tu propio destino —al decir de Benedetti— encontrarás todas las respuestas a todas las preguntas. Os invito a leer un poco de nuestra vida, que es la vuestra, desde otros tiempos…
Creciste en una Venezuela generosa pero desigual
Te escribo desde un tiempo y un espacio que aún no conoces, pero que deseo compartir. Tengo las manos llenas de recuerdos y la mirada serena de quien —que eres tú— ha caminado largo.
Te escribo para contarte quién fuiste, quién has sido y quién serás. Quiénes han sido tu inspiración, te formaron y te dieron guía. Por ellos has vivido y darías la vida. Dónde naciste, de dónde vienes y adónde irás y, en fin, quiénes te han acompañado en ese largo peregrinar. Sin ellos —sin tus errores y tus aciertos hechos tu verdad— nada pasa, nada motiva, no hay distancia ni razón de ser.
No te escribo para cambiarte el rumbo —porque el destino no se corrige, se revela— sino para abrazarte desde el tiempo, como quien tiende un puente entre lo vivido y por vivir. Te escribo para que no pierdas la fe, para que no negocies tu esencia, para que no abandones jamás esa ternura silenciosa que te ha definido incluso en los momentos más ásperos. Te escribo para que sigas siendo tú, en cualquier circunstancia, a favor o en contra.
Fuiste un adolescente en la Venezuela de los años 80. Todo transcurría melodiosamente, apasionada y contradictoriamente, entre montañas, campos de béisbol, tu querido Instituto Escuela, tu alma mater [la UCAB], estudios y festejos entre Desorden Público, Ligia Elena, “Solo pienso en ti” o “Por estas calles”… Y aunque entonces no lo supiste, habitaste una de las formas más puras de felicidad.
Culminando tu bachillerato en el Instituto [Escuela] conocerás a tu futura esposa y compañera de vida. Sin ella, tu existencia no hubiese sido a plenitud ni tu vida habría tenido gozo. Cualquier sombra sería fugitiva. De ese amor nacerá el fruto de tus cuatro hijos, que han sido tus cuatro primaveras. Por ellos y para ellos lo darás todo. ¡Y cómo ha valido la pena! Sin esa hermosa familia que habéis fundado, la vida sería una cruz sobre tus hombros, olas largas y muertas en tu navegar. Sol fulgurante que ha disipado todas tus penas, amor vibrante —llorando y riendo mil deseos de esplendor— con hambre y sed de libertad infinita, que quemará tus labios y tu voz.
Tu padre, médico, te enseñó con su ejemplo que la vida se honra sirviendo, que aliviar el dolor ajeno es una forma de trascendencia. Tu madre convirtió el hogar en un santuario donde la honestidad no se predicaba, se respiraba. En ese espacio íntimo —entre libros, sobremesas, pacientes, vecinos, amigos de la infancia, música y silencios cálidos—aprendiste que la dignidad no admite concesiones y la felicidad se sueña y se suda como fantasía loca e indómita.
Creciste en una Venezuela luminosa, contradictoria, generosa. Un país que parecía eterno en su verano, donde el porvenir se presentaba como una promesa abierta. Tierra pujante, sí, pero también atravesada por desigualdades y heridas que aún no sabías nombrar… La viviste con plenitud. Jugaste pelota con la entrega de quién entiende que el juego es también una escuela de carácter. Allí sembraste amistades hermosas y duraderas. Las que resistieron el paso del tiempo, aprendieron que son vínculos nacidos del polvo del diamante, de la risa compartida, de las cervecitas después de la zafra (aunque no bebes) o de derrotas que enseñaban más que las victorias.
Por cierto, con tus amigos magallaneros o de los Tiburones—sic— terminarás siendo paciente y considerado, porque verás que la redención y la tolerancia fortalecen la amistad. Esa camaradería, que es alegría en medio de la rivalidad, será añorada como un café en cada mañana. Y la........
