Dayana Cristina Duzoglou Ledo: Por qué la antipolítica es el último refugio de la libertad
“El mayor riesgo para las democracias modernas no es la imposición de una tiranía visible, sino la aparición de una red invisible de normas, presiones y consensos que hacen innecesaria la censura, porque los ciudadanos aprenden a callarse solos.”
Durante mucho tiempo, la política se apoyó en una idea bastante simple: el ciudadano debía vigilar al poder. No confiar ciegamente en él, sino cuestionarlo, exigirle explicaciones y, si hacía falta, enfrentarlo. Esa tensión —incómoda, a veces— era justamente lo que mantenía viva a la democracia.
Pero algo ha cambiado. Hoy, en buena parte de Occidente, criticar al poder ya no se ve como un ejercicio sano, sino casi como una amenaza. Hay un concepto que cada vez se escucha más —“antipolítica”—, usado como sinónimo de rechazo total o nihilismo. Pero, en la práctica, muchas veces describe algo muy distinto: escepticismo cívico, una desconfianza legítima del ciudadano frente a las élites que lo gobiernan. Ahí empieza el problema.
En teoría, la antipolítica sería una postura radical: rechazo al sistema, desprecio por las instituciones, ruptura con el orden democrático. Pero en la práctica no es eso lo que estamos viendo. Hoy, “antipolítico” puede ser simplemente alguien que duda. Que pregunta. Que no compra el relato oficial sin hacer preguntas.
Alguien que señala incoherencias. Que exige responsabilidades. Que, en el fondo, está haciendo lo que siempre se consideró ciudadanía.
Conviene recordar que esto no es nuevo. A lo largo de la historia, el poder ha intentado moldear el lenguaje para protegerse. Lo explicó George Orwell con bastante claridad: quien controla las palabras, acaba controlando lo que se puede pensar. Cuando el desacuerdo pasa a verse como un problema moral, ya........
