Antonio de la Cruz: Pongan la fecha
Hay imágenes que valen más que los discursos, y la del domingo por la noche en el aeropuerto de Maiquetía es una de ellas. Un avión aterriza, una mujer baja las escalinatas y varias docenas de personas la esperan con banderas de un partido que el poder tolera a medias y teme por completo. Se llama Claudia Macero, es la jefa de comunicaciones de Vente Venezuela, pasó meses asilada en la residencia de la embajada argentina en Caracas y más de un año en el exilio. Ha vuelto. “Vuelvo para darme confianza a mí y para darle confianza a otros”, dijo a los periodistas. “Es el momento de volver a casa”.
En Venezuela, volver a casa se ha convertido en un acto político, acaso el más político de todos. Porque la dictadura moderna —esa que ya no necesita tanques en las esquinas porque le basta con el miedo administrado— no expulsa solamente cuerpos; expulsa sobre todo la esperanza de que el país siga siendo habitable. Cada exiliado que regresa, cada asilado que pisa de nuevo su tierra desmiente con los pies lo que el poder afirma con los micrófonos: que afuera no hay nada que hacer y adentro no hay nada que esperar.
Macero no es una figura cualquiera. Es la voz de María Corina Machado, la líder opositora y premio Nobel de la Paz que ha intentado regresar a Venezuela siete veces —por tierra, por mar, por aire— y siete veces se lo han impedido. Desde Panamá, donde aguarda, Machado ha dicho que considera llegado el momento de volver. Su entorno habla de estos retornos parciales —primero Omar González en agosto,........
